lunes. 28.11.2022

Estamos hasta la peineta de aceptar pulpo como animal de compañía. Los ciudadanos vivimos una espiral que nos lleva a un creciente descreimiento, que parece no tener fin. Ahí están los ministros de Hacienda que lideran el top ten de defraudadores; los justicieros aleccionadores que resultan ser el príncipe de los ladrones; los predicadores que presumen de progresismo y en la práctica se ocupan sobre todo de progresar buscando los recobecos del fisco. O los representantes de la cosa pública, incapaces de renunciar a sus aspiraciones privadas en pro del bien común.

No hay día que algún político entrampado en las causas judiciales no entone sin sonrojo el ‘yo no fui’ con la misma soberbia con la que ejerció mando durante años actuando como el caballo de Atila. No hay día en que no surja un escándalo que por sí solo debería hacer tambalear al sistema, aunque la aglomeración de casos acaba convertida en una lluvia que nos empapa de escepticismo.

Una lluvia impregnada también de cinismo. De personal que a fuerza de ensayar ha perfeccionado el gesto ojoplático, y manifiesta sorpresa e indignación ante casos y cosas que no por ilícitas y ahora perseguidas eran desde luego ignoradas. Ojopláticos quedaron cuando comenzaron a salir a la luz las mordidas de los constructores. Vuelven ahora a repetir ojoplático gesto porque las manos limpias eran en realidad dedos de limpiar cuentas ajenas, y porque el defensor de los usarios de banca era un (presunto) asaltador de despachos sin escrúpulos y con infinita ambición de dinero.

Quien pueda asegurar que no conocía estos métodos, que tire la primera piedra. No se libraba nadie. Tampoco Caja España, a la que Luis Pineda atacó durante un tiempo sin piedad. Su bestia negra era la todopoderosa Isabel Carrasco, quizá porque pretendía sacar rentabilidad de distintas tesorerías. El hoy encarcelado se pasó por León una temporada con su desabrido discurso, y luego desapareció. No abandonó, por lo que se ha sabido esta semana, los despachos en los que exigía diezmo, pero sí se esfumó de la escena pública.

Ahora es el juez quien tiene que determinar hasta dónde llegó y si se le pagó y cuánto en la «publicidad» que tapaba su boca. O quizá la Sierra Morena de este Tempranillo sea tan extensa que resulte imposible saber hasta dónde llegó, y de dónde procedían los fondos con los que se le silenció.

Descreídos
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