viernes. 03.02.2023
LAS dos convenciones paralelas celebradas el fin de semana por el PP y el PSOE han puesto de relieve las profundas diferencias entre ambos partidos en la concepción de la política, en el ser y estar en ella y en la idea de España y del respeto democrático. Y han expuesto públicamente con toda crudeza cuál es el insondable abismo político que los separa en este abrasador arranque de la precampaña. Creo que nunca se había producido una situación como la presente, en la que las medias tintas, las ambigüedades y la confusión de perfiles han desaparecido. Los discursos finales de Aznar y de Zapatero han puesto el sello al retrato de una novísima versión de las ancestrales dos Españas. Puede parecer dramático lo que digo, pero medite el lector si es exagerado o si responde netamente a la realidad de las cosas. Siempre he sido y soy un apasionado del diálogo, pero ahora veo que cuando no hablan es porque no tienen nada de qué hablar. El PP se debate en el titánico esfuerzo de tapar la venenosa crisis del Prestige y la más venenosa crisis del partido en Galicia, tras el traumático cambio en el Gobierno de la Xunta y en medio de las truculencias y de las cuchilladas entre los grandes padrinos del PP en aquellas cuatro provincias. La convención socialista ha respondido con bastante mesura a todo ello y a los furiosos ataques de que han sido objeto. Zapatero ni siquiera ha querido entrar en el vidrioso tema de la candidatura de Aznar al último puesto de la lista municipal de Bilbao, quizás para no echar leña al fuego. Los populares conciben la campaña de los comicios del 25 de mayo en torno a lo que les parece más rentable: el terrorismo y el conflicto vasco. Los socialistas prefieren centrarla en la globalidad de los problemas de este país, con especial mirada a municipios y autonomías. Y se han esforzado en desmentir con hechos y documentos la eterna falacia de que el PSOE no garantiza la cohesión territorial de España. Veremos lo que pasa.

Dos Españas
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