miércoles. 30.11.2022

El de la guitarra era un ser humano que se dejaba ver en parques y jardines públicos allá por los años 70 y 80. Solía aparecer, avispadamente, a la caída de la tarde cuando el ocaso que se intuía era buen decorado para su puesta en escena.

Pasados los años el tipo está a punto de extinción o desaparecido definitivamente por falta de público y por falta de interés en su mensaje. Tampoco su mirada lánguida y triste, otrora tan atrayente, levanta ningún suspiro.

Debe estar su ADN congelado o metido en resina como en Parque Jurásico porque se le resucita de vez en cuando, con diferentes formatos, ya sin guitarra. Suele tener un ascenso rápido por lo audaz y provocador de su mensaje, enardece a bastantes que se entregan a él con pasión por su mesianismo, se coloca bien en alguna posición e intenta llevar americana y corbata con resultado decepcionante. Finalmente, suele acabar perdido en el olvido de su propia inconsistencia. O en las tertulias hablando de cualquier cosa.

Acabado uno al tiempo aparece otro, heredero siempre de «el de la guitarra» y vuelta a comenzar el ciclo.

Volviendo a aquellos tiempos del siglo anterior, en una típica tarde de mediados de Mayo en adelante, salía uno a la calle con la cabeza como un bombo después de toda la tarde estudiando para los exámenes finales; salía para ventilarme un poco y a lo mejor, poco probable, ver algo interesante.

E, inevitablemente, el de la guitarra, como si tuviera un imán, te atraía como si fuera el flautista ese. Se le oía ya a cierta distancia. Sabía sentarse en los mejores bancos del parque y empezaba el repertorio de canciones de cantautores al uso. El cigarrillo en lo alto del traste de la guitarra, entre canción y canción una buena calada y echaba el humo hacia arriba, conquistando el espacio exterior y haciendo como que pensaba en cosas importantes.

Además, mirando para arriba, la melena parecía más larga de lo que era. A su alrededor se iban congregando todas y todos (lo de todes le quedaba mucho por llegar) y se le notaba cada vez más en su salsa conforme se iba juntando más y más personal.

Cuando el número le parecía suficiente y la luz del día se eclipsaba se arrancaba a cantar en algo que se comentaba en voz baja que era inglés (mi impresión es que se aprendía de oído la canción y no sabía ni lo que cantaba). El caso es que la interpretación arrancaba algún aplauso y el círculo más íntimo del cantante entraba en una conversación muy progresista sobre temas sociales, la revolución pendiente, vivir sin trabajar… Es decir, planes de futuro.

Como uno venía de estar estudiando los términos de la paz de Westfalia y temática similar, unido a una cara poblada de acné, no me sentía con fuerza como para intervenir como hacían otros; así que, mejor callarse.

Recuerdo que eran particularmente apasionados hablando de la Otan (en contra), la misma a la que hubiera deseado pertenecer Ucrania estos días, de las centrales nucleares (en contra) de las que compramos energía eléctrica para España, de la Unión Soviética (a favor) y que poco tiempo después desapareció por no tener nada que ofrecer a los que estaban dentro.

Hoy siguen con Cuba, Venezuela… Siempre países prósperos y con ciudadanos «felices».

Aquel tipo de la guitarra y otros guitarristas de esa suerte siempre estaban en tercero de algo. Era una manera de defender su intelectualidad y que lo mejor estaba por venir.

Visto lo visto yo creo que estaban en tercero de nada. Y hoy buscan causas en las que tener una postura en contra. En contra del sentido común.

El de la guitarra
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