viernes. 03.02.2023
LOS NUEVOS gobernantes llegaron a poder con la promesa de un pisito bajo el brazo para cada uno de sus votantes a la intemperie, también para los mal alojados, e incluso para los albergados a regañadientes por padres y demás familia. A la ministra Trujillo se le encomendó la tarea de buscarles acomodo. Pero consumió sus desvelos en adecentar su propio ministerio, en tanto que las cifras de pisitos rozaban el ridículo estadístico. Entonces llegaron los expertos en asuntos del lenguaje y se inventaron lo de las «soluciones habitacionales», que de ilusión también se vive. Aunque pronto marchitó esa campaña ante los insalvables muros de la fuerza del ladrillo. Después probaron a ganarse a los ocupas, ese marchoso grupo de supuestos marginados que entran en las propiedades ajenas sin discriminación de dueño o titular. Si bien, tienden a preferir las más céntricas y espaciosas. La nueva izquierda les mostró su comprensión, como a un nuevo movimiento de base que atajaría en sus cimientos la especulación urbanística. Sin embargo la obsesión gubernamental afloró de nuevo con la propuesta de alquileres forzosos para viviendas desocupadas. Si no funcionaba la fuerza de los hechos consumados funcionaría el imperio de la ley. El piso para quien lo habita, no a la retención especulativa; y se los ofrecieron a las necesitadas cohortes de votantes mal alojados. La medida formaría parte de la estrategia envolvente de achacarle a la oposición los males especulativos de la patria. A sus alcaldes y concejales se les detenía con esposas y a plena luz mediática; y a sus presumibles votantes, dueños de pisos vacíos, se les castigaría con las medidas de alquiler forzoso. Toda una tenaza estratégica, por arriba y por abajo; una jugada maestra. Pero Solbes volvió a decir no. También recelaron los asesores jurídicos. Con la economía y el derecho en contra, la audaz iniciativa volvía a la papelera. No había manera de tipificar objetivamente lo que era un piso desocupado; tampoco estaba clara la constitucionalidad de expropiar un derecho sin una finalidad justificada. Los aspectos sociales inquietaban : afectaba tanto al emigrante que invertía para el retorno, como a los padres previsores que miraban por su prole, como al simple ahorrador que evitaba las oscilaciones bursátiles. Un piso es un piso, un activo de seguridad para cubrirse de las inclemencias de los señores de la economía, la política y demás nomenclaturas ajenas. Todo se ha quedado en humo. Nuestros gobernantes seguirán con sus máquinas de sueños, cada vez más agobiados por su impericia técnica y su falta de valor para afrontar las verdaderas medidas para resolver el problema. Y el pisito al alcance de todos, seguirá siendo una quimera.

El pisito
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