domingo. 03.07.2022

Acaba de pasearse por su cortijo el anterior rey de la España —esta España suya, esta España nuestra—, desterrado a Abu Dabi hace un par de años a resultas de sus ilícitos penales contra la sociedad española, evasión de capitales, fraude a la fiscalidad pública, etcétera; e ilícitos éticos en torrentera.

Los defensores de la figura real en nuestro/mí país esgrimen la cantata de la prescripción de los delitos, de la birregularización con el fisco. Vaya, esto me suena. La Justicia justiciera de la desigualdad a la vista de todos. Estado de derecho, derecho de pernada. La fiscalía cerrando el caso. ¿Y eso? ¿No debe ser la judicatura? Vaya, vaya. El entorno del monarca jubilado cierra filas en su derredor, feladores y plutócratas (alguno se ha atrevido a recibirle en júbilo a toda página de opinión en diario de tirada nacional, como el señor Villar-Mir), pseudodemócratas, periodistas transformistas que manipulan la historia y leen por gafas de realidad virtual enseñándonos su realidad real. Españoleros, en fin.

En la balanza del ejercicio en jefe de Estado del señor Juan Carlos, cual la balanza de la Justicia justiciera bisoja o tuerta, dicen que pesa más, mucho más —¡dónde va a parar!— lo que el antiguo y hoy decrépito rey, hizo por el bien de la España. Esas gentes de los muchos dineros y los mismos parabienes para la familia real, del conservadurismo cazurro por la gracia de Dios, arrastran a unos cuantos a tirar de la carroza calabaza manumitiendo a las caballerías. Vivan las caenas. Viva el altanero.

La ejemplar —a fuer de la sangre derramada por su causa— Transición política española, espejada en la Constitución de 1978, fue un logro de la ciudadanía civil, apoyada por el concierto internacional (EE UU; la entonces CEE, hoy UE), lo que viene siendo hoy día la cacareada geopolítica, la de siempre. Democracia o fuera de Europa, alejada del eje occidental. El entonces rey sí sirvió de dique entre la sociedad civil y los cuerpos militares que venían de tener patente de corso, rompe y rasga, en aquella larga, absurda y penosa democracia orgánica. Tan aficionados a las asonadas y a las amenazas pistoleras, armados que están por el pueblo para la defensa de las voluntades de éste, debería entenderse.

El resto de la función, sonreír en cualquier acto de su presencia, acariciar las cabecitas calvas de los niños enfermos en el hospital de turno, saludar con titubeos —o sin dudarlo— a quien corresponda, inaugurar el año judicial (vaya, otra vez), presidir eventos varios.

Ah, del intento macarra y matonista de derrocar la democracia que ocurriera en 1981 y la anterior acción real en tal asunto (anterior a la comparecencia televisada), de las tropelías del Urdanga por palacio (tapemos el monipodio real), con la infanta Cristina, esposa del balonmanista, como socia en la redada pero firmando por amor. La infanta que echó pestes sobre la ciudadanía española cuando se largó a Suiza, asegurando no regresar a este país de mierda, y que pulula por España como el campechano de su padre. Aquí no ha pasado nada. ¿Alguien ha matado a alguien? Gila.

Año 1994. Acto de entrega de despachos a los sargentos egresados de la Academia Básica del Aire. Escuela-Base Aérea de La Virgen del Camino (León). En el hangar de celebración de la fiesta posterior al ceremonial castrense, el del mérito se acerca a una niña de cinco años. ¿Qué tal, guapa?, ¿cómo es que estás aquí? Se le dice que su padre acaba de ser nombrado sargento de Aviación. El señor sonriente y mandamás se inclina hacia la niña, le muestra su rombo en la solapa del uniforme y le suelta a la criatura: «Esto sí que tiene valor, mira, capitán general».

Al margen de la elección personal de cada persona española o españolizada sobre la opción de sistema de Estado entre Monarquía Parlamentaria o República, que pueden ser bananeras o democráticas, ambas respetables (que se consulte, leñe, que se consulte a la ciudadanía, al igual que el tipo de sistema administrativo, que no se parchee la Carta Magna, que se renueve, que se redacte una nueva para otro tramo vital, manteniendo lo que se deba y se apoye de la actual, que ya son muchos años de transitar en democracia —con su imperfecta humanidad—. Dejemos atrás el miedo. No desvirtuemos la Historia), súbdito de nadie soy.

Mucho menos, a mis años, admito tomaduras de pelo.

El rey del mérito
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