miércoles. 29.06.2022

Hay una fuerza misteriosa que impulsa a los grupos sociales, un sentimiento etéreo que nutre a  colectivos enteros y los hace reaccionar con una coherencia sorprendente ante ciertos estímulos, con sintonía musical, casi, como si fueran una sola persona, una sola mente la que actúa.

El grupo social que llamamos España lo componen casi 50 millones de personas, 50  millones de individuos de todos los estratos, urbanos y rurales, mecánicos e intelectuales, aborígenes y oriundos, todos compartiendo una ciudadanía común y un común patrimonio de bienes y valores intelectuales y materiales-

Durante 40 años, una buena parte de esa comunidad ha expresado periódicamente su elección sobre cómo quiere que se regulen los asuntos de todos. Un tercio,  más/menos,  de ese colectivo se auto-describe, en su identidad política, como de izquierdas. Y elige a quienes les proponen un estado que financie la mayor parte  de sus necesidades a costa de pagar más impuestos y aumentar la deuda del Estado, es decir la que pagamos entre todos. 

Otro tercio, más/menos, se declara de derechas y apoya en las urnas a quienes les proponen  un estado que ampare la seguridad de los patrimonios, rebaje los impuestos y favorezca la creación de riqueza. 

Durante 40 años los dos bloques mayoritarios han impuesto sus opciones

El tercer tercio lo componen un colectivo más elástico que cambia de criterio con facilidad o que elige como opción primera la fidelidad electoral a su patria chica. 

Durante 40 años los dos bloques mayoritarios han impuesto sus opciones y por dos veces han gobernado con una sincronía que recuerda al régimen de la Restauración en el XIX. Y en ambos periodos se han consolidado múltiples elementos altamente tóxicos al sistema: el saqueo desaforado de los fondos públicos por los representantes políticos para su patrimonio particular o sus intereses clientelares , la subordinación  de la justicia  a los intereses de los gobernantes, el desafío de los partidos separatistas a las instituciones comunes, el desempeño más que irregular de la Corona, la incapacidad de los partidos centrales para articular acuerdos por el interés común, la deuda descomunal del Reino, el despilfarro continuo de recursos económicos, las violaciones legales a la propiedad privada.. Y una larga cadena de desafueros cuya enumeración sería imposible en un texto de compendio.

Ese estado de cosas está próximo a terminar. Se percibe su agonía en un cúmulo de signos aún ambiguos pero firmes. La fecha totémica no está determinada en ningún almanaque pero se aproxima velozmente.

España: los signos del colapso
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