domingo. 07.08.2022

La política está plagada de paradojas y contradicciones no siempre aparentes, pero a estas alturas, 42 años después de las primeras elecciones democráticas tras el franquismo, hay algunos factores que se mantienen vigentes por encima de los cambios en el escenario y la volatilidad de los nuevos tiempos. Una de ellas es que en España las mayorías electorales siempre se han articulado en torno al centro político y otra que quien consigue situarse en la centralidad (que no es necesariamente el centro ideológico) está en condición ventajosa, tal como sucede en los combates de boxeo.

Seguramente deslumbrado por el espejismo andaluz, y obsesionado con achicar el terreno a Vox, Pablo Casado ignoró olímpicamente una premisa tan elemental, con los catastróficos resultados conocidos. En una estrategia asimismo arriesgada, Albert Rivera también se escoró a la derecha, renegando de cualquier entente con el PSOE de Pedro Sánchez, pero a él la jugada le salió bien, quizá porque el electorado más tibio se alarmó ante un posible gobierno participado por Vox y optó por refugiarse en Ciudadanos. Esa es otra de las paradojas: los indecisos, y especialmente los menos ideologizados de ellos, suelen resultar decisivos a la hora de decantar el fiel de la balanza. Y el hecho es que el giro a estribor tanto de PP como de Cs regaló la centralidad del tablero a Sánchez, quien por la izquierda tenía como competidor a un Unidas Podemos que, muy tocado por crisis y deserciones varias, bastante tenía con evitar un completo naufragio.

Las excusas con las que Casado ha tratado de minimizar su responsabilidad en el fiasco son de mal pagador. No es de recibo la de que solo lleva 9 meses al frente del partido. Y no lo es por dos razones: él fue el promotor de ese contraproducente bandazo a la derecha y él fue quien confeccionó unas listas que primaban la fidelidad a su liderazgo sobre la valía y solvencia de los candidatos. Tampoco cuela lo de responsabilizar a Mariano Rajoy de la debacle, sencillamente porque Casado ha formado parte del sanedrín marianista desde mediados de 2015, siendo por tanto plenamente corresponsable de las políticas aplicadas por el último gobierno del PP.

Y por supuesto otro error sobrevenido por parte de cualquier perdedor es el de acusar al electorado de haberse equivocado por haber trasvasado su voto hacia otro partido. Error garrafal. El votante nunca se equivoca. Y acusarle de hacerlo es la forma más eficaz de añadir una nueva dosis de cabreo al que ya motivó su mudanza. Por más que se tiren años dedicados a la cosa, hay políticos incapaces de entender algunas de sus claves más elementales.

Excusas de mal pagador
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