miércoles. 07.12.2022

La Institución Libre de Enseñanza (ILE) cumple 135 años y con ese motivo la Fundación Sierra Pambley —su hermana pequeña, que en 2012 cumplirá 125—, en colaboración con la Fundación Giner de los Ríos y con la Residencia de Estudiantes, ha hecho coincidir dos exposiciones en León absolutamente complementarias: una sobre Francisco Giner en la propia sede de la Fundación y otra sobre la Residencia de Estudiantes que se puede ver en el Museo de León.

La primera permite tener una visión general sobre las repercusiones de la Institución Libre de Enseñanza en toda la sociedad española: educación, sistema de valores, economía, reformas sociales, equiparación de la mujer, introducción de la actividad deportiva y del amor a la naturaleza, etc. La segunda exposición se detiene en una de las creaciones más influyentes de la ILE, la Residencia de Estudiantes, en la que convivieron y se formaron los científicos e intelectuales españoles más brillantes del primer tercio del siglo XX. Baste como ejemplo recordar que, de los ocho premios Nobel españoles, cuatro (S. Ramón y Cajal, S. Ochoa, J.R. Jiménez y V. Aleixandre) estuvieron estrechamente vinculados a la Residencia en sus escasos 26 años de vida (1910-1936). Es un lugar común afirmar que habrían sido muchos más los Nobel si la sublevación militar y la guerra civil no hubieran arrasado aquella «colmena científica» y truncado todo el proyecto.

Son bien conocidas las aportaciones de la ILE a la renovación pedagógica y sus frutos intelectuales y científicos, pero se olvida con frecuencia que aquel planteamiento educativo tenía importantes consecuencias económicas. En su conocido manual, El desarrollo de la España contemporánea. Historia económica de los siglos XIX y XX, los profesores Gabriel Tortella y Clara Eugenia Núñez señalan, en el capítulo que dedican al «capital humano», que «la población no solo crece cuantitativamente, también crece su calidad en varios aspectos (…) Cambia su «coeficiente educativo» que, entre otras cosas, es un factor de producción crucial, cuya importancia han señalado destacados economistas, Adam Smith en particular». Un poco más adelante, los autores continúan su explicación afirmando que nuestro país «llegó a la Edad Contemporánea con un serio déficit de capital humano» y destacan a la ILE como «un serio esfuerzo de reconstrucción educativa y científica (…) La Institución, que en principio fue no sólo entidad privada sino refugio para profesores que rechazaban la imposición doctrinal autoritaria de Cánovas y su ministro Orovio, pasó, a partir de 1881, a tener una gran influencia en la política educativa estatal. Desde entonces hasta la Guerra Civil su influjo sobre la vida científica e intelectual fue mucho mayor de lo que hubiera cabido esperar por sus modestos comienzos y la escasez de sus medios: constituye un ejemplo clásico del poder del capital humano».

Nuestra actualidad está dominada por la crisis económica que azota al anteriormente llamado primer mundo (Europa, Japón y Estados Unidos) y por sus dramáticas consecuencias, como el paro masivo. Sin embargo esa urgencia no debe hacernos olvidar que, a la vez, en la economía globalizada se están produciendo fenómenos nuevos, contradictorios e irreversibles que no permitirán a Europa ni a España volver a situaciones anteriores, ni repetir experiencias sobrepasadas por la pasmosa velocidad de los acontecimientos actuales. Por un lado, la producción de bienes y la ocupación masiva de mano de obra industrial se ha desplazado definitivamente al otro extremo del planeta; allí se trabaja en unas condiciones laborales y sociales que serían actualmente insoportables para nuestra población, hasta el punto de que las plusvalías y el ahorro obligado de sus ciudadanos (por ausencia de estado de bienestar) les permite a los países emergentes financiar al nuestro con sus préstamos. De momento con intereses de mercado, pero pronto plantearán condiciones de otra índole.

Simultáneamente a esa gigantesca eclosión de mano de obra manufacturera en el extremo oriente (cientos de millones de trabajadores chinos, indios, coreanos, taiwaneses, vietnamitas…), al otro lado del Océano Pacífico se ha producido también la más extraordinaria proliferación y concentración de capital humano jamás conocida. En menos de una generación han llegado a la cúspide del sistema capitalista mundial empresas creadas por estudiantes en garajes o por meros doctorandos. En estos momentos en Santa Clara (Apple, Google. H.P….) o en Redmonton (Microsoft, Nintendo…), entre otros lugares, sectores y empresas, decenas de miles de empleados supercualificados impulsan la sociedad del conocimiento a velocidad próxima a la de la luz y registran miles de patentes al mes. En definitiva, demuestran a diario que la gran ventaja que le queda a la economía norteamericana es la supremacía de sus universidades.

Nuestra salida de la crisis —según todos los análisis serios— exige dos requisitos previos: por un lado, digerir el empacho inmobiliario (900.000 viviendas excedentarias) producido por un espejismo especulativo; por otro, el saneamiento de las entidades financieras afectadas por la indigestión del ladrillo y la aventura equinoccial de directivos desaprensivos y sin profesionalidad que han hundido a la mayoría de las cajas de ahorro españolas. Ahora bien, esas son condiciones necesarias pero no suficientes. Para salir de la crisis —en España y también en León— es necesario saber hacia dónde debemos dirigirnos, porque volver hacia atrás es imposible e intentarlo sólo supondría una dramática pérdida de tiempo. De la crisis se puede salir optando por una de las dos orillas de la división mundial del trabajo, que se adivinan con nitidez para este siglo XXI. Cada una de ellas es un modelo económico y social. Elegir una u otra significa la subsistencia o la desaparición inexorable del estado de bienestar. La opción se demuestra —al margen de la hojarasca retórica electoral— con los programas y los presupuestos para educación. O tiene toda la prioridad o no la tiene. La disyuntiva no puede ser más clara y el resultado más determinante.

La Institución Libre de Enseñanza, hace nada menos que 135 años, ya había basado el porvenir de España en la educación, en la formación de capital humano. Por eso las visitas a las exposiciones sobre Giner de los Ríos y sobre la Residencia de Estudiantes, actualmente en León, son buenos contextos para reflexionar, entre otras cosas, sobre el presente y el futuro de nuestra economía.

Dos exposiciones y una propuesta
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