domingo. 05.02.2023

Este título no puede dejar indiferente a nadie, y menos aún a aquellos a los que, aparentemente, no les dice nada, porque todo ser humano busca -sea o no consciente- la felicidad, lo cual requiere ineludiblemente encontrar un sentido a la vida. Y parece evidente que de nada está más alejada la humanidad actual que de ser feliz, en unos países por la pobreza y en otros por la abundancia. Pero, antes de seguir adelante, me gustaría traer a colación estas preguntas de Danah Zohar y Ian Marshall, en su bello libro Inteligencia Espiritual. La inteligencia que permite ser creativo, tener valores y fe: «La búsqueda de sentido es evidente en muchos aspectos de nuestras vidas. ¿Qué sentido tiene mi vida? ¿Qué sentido tiene mi trabajo, la empresa que he creado o para la que trabajo? ¿O esta relación? ¿Por qué estudio para esta oposición? ¿Qué significa para mí? ¿Qué significa que un día moriré? ¿Por qué comprometerme con esto o aquello, con una persona u otra o con cualquier cosa?». Y concluyen: «Dos de las mayores causas de muerte en el mundo occidental, suicidio y alcoholismo, están a menudo relacionadas con esta crisis de significado».

Te invito, amable lector, a entrar en contacto con este libro, que viene a demostrar que más allá del CI (Cociente de Inteligencia, en el que se basa el Informe Pisa sobre el nivel de inteligencia), e incluso de la reciente y avanzada IE (Inteligencia Emocional, de Goleman), se encuentra una tercera inteligencia: la IES (Inteligencia Espiritual), que completa la imagen global de la inteligencia humana. Este libro puede aportar sentido y felicidad a nuestras vidas. De ello se debería hablar en los medios (y en especial en la televisión, por su poder de alcance), y tratar menos tantos temas banales que solo distraen a la población de la solución a sus auténticos problemas. Hablar de cómo lograr la felicidad y el sentido de la vida es lo que muchos autores (responsables, conscientes y «despiertos») llaman «ayudar al despertar de la humanidad», porque no hay duda de que esta humanidad está —mental y espiritualmente— dormida, y ya se sabe, cuando alguien está dormido, se puede hacer con él lo que se desee.

Esto está estrechamente relacionado con la educación, pues si la mayor parte de la humanidad está mentalmente «dormida», ello se debe a una educación deficiente, dirigida expresamente a no permitir que despierte para que, así, los poderes dirigentes (políticos, religiosos, económicos y culturales) puedan controlarla mejor. En efecto, la educación tradicional ha sido, y en buena medida sigue siendo, no una «educación» en su verdadero sentido (de la raíz latina «educere» = extraer del interior), sino un adoctrinamiento venido del exterior, en que los alumnos solo hacen que aprender de memoria conceptos externos hacia los que no prestan interés alguno, olvidando la vida interior que cada ser humano (cada alumno) lleva consigo.

Las grandes pedagogías educativas, como Montessori, Waldorf o Summerhill, tienen como objetivo que el niño y el adolescente puedan desarrollar su vida y su enorme riqueza interior, sus capacidades personales. Solo así podrán llegar a ser felices, otro objetivo esencial de la verdadera educación, que ya defendían los primeros grandes educadores de la época moderna, como Rousseau, Pestalozzi o Froebel. Ningún adulto puede ser feliz (en el sentido de plenitud humana: física, emocional, mental y espiritual) y conocer su sentido de vida, si no logra realizarse como tal ser humano, conociendo sus verdaderas capacidades, su dignidad y sus derechos, lo que exige ser mentalmente libre e independiente, y no permitir estar sometido a ningún poder autoritario y dogmático.

No deja de ser paradójico que los grandes documentos internacionales de Derechos Humanos, como la Declaración Universal, la Convención de los Derechos del Niño, la Carta de la Tierra, etc., todos ellos reconozcan los derechos de todo ser humano a realizarse como tal ser, dotado de una dignidad esencial, por lo que merece el mayor respeto y consideración. Estos documentos han sido firmados por prácticamente todos los países, pero son más defendidos en la teoría que en la práctica, lo que prueba una falta de responsabilidad y una cierta hipocresía. Veamos finalmente lo que otros autores afirman acerca del sentido de la vida:

V. E. Frankl, el psiquiatra prisionero en los campos de concentración, escribió el libro El hombre en busca de sentido, que es, sin duda, la demostración de que la vida es digna de vivirse incluso en las situaciones más injustas e indescriptibles. Él dice: «Desgraciado de aquel que no viera ningún sentido en su vida, ninguna meta, ninguna intencionalidad y, por tanto, ninguna finalidad en vivirla; ése estaría perdido», y más adelante, habla de que lo importante no es si esperamos algo de la vida, sino «si la vida espera algo de nosotros», y añade: «Vivir significa asumir la responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a los problemas que ello plantea y cumplir las tareas que la vida asigna continuamente a cada individuo». Por su parte, el gran físico Einstein se expresa de la misma forma: «Aquel que considera su vida y la de sus semejantes carente de sentido, no solo es desdichado sino poco hecho para la vida». Por lo que concluimos que el ser humano solo puede alcanzar la felicidad encontrando un sentido a su vida.

La felicidad y el sentido de la vida
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