miércoles 26.02.2020
FUEGO AMIGO

Hábitos de tragedia

A la vue lta de 75 años, que son los que cumple el lunes el inicio de la guerra civil, la pesquisa de su legado es ya tarea de arqueólogos, porque ninguna batalla digna de tal nombre se libró en nuestro territorio. Sólo desiguales confrontaciones sin ningún brillo militar. De ahí que los alumbramientos sobre aquel período, a menudo de aspectos lóbregos y penosos, sucedan en verano, que es la estación de los arqueólogos. Henry Miller nos advirtió que la alegría del arqueólogo reside en la confirmación, no en la sorpresa; en corroborar aquello que busca. De ese modo, los hallazgos respaldan la certidumbre del conocimiento. Pero a veces surge el desconcierto. Ocurrió estos días con la excavación de una fosa en Gumiel de Izán. Entre medio centenar de víctimas, apareció un crucifijo franciscano. Ahí brotó la historia del fraile Revilla, víctima de la ferocidad cainita de los primeros días de la guerra.

Lo extraordinario es que el padre Emiliano María Revilla (1880-1936) padeció el martirio en zona nacional. Se llamaba Eloy Gallego Escribano y fue ingeniero industrial antes que fraile. Aquel verano pasaba unos días con su madre en el pueblo de Revilla Vallejera, donde lo detuvieron para llevarlo a la zanja Pepón y el Perdiz. A comienzos de 1937, el Abc republicano pregonó su muerte, abrazado al crucifijo y gritando Viva la República. Una escena poco verosímil, porque Revilla era un fraile más bien integrista. Aviador audaz, convenció al rey para asistir a las tropas rifeñas en aeroplano, mediando también en el canje de los prisioneros de Annual. Su arrojo molestó al taimado coronel Franco, a los negociadores diplomáticos y a los capellanes castrenses. El cardenal Segura propuso su sanción a Primo de Rivera. Mientras, la prensa amplificaba sus andanzas, que lo hicieron más popular que muchos mandos africanistas. Volvió al convento. En el año 1932, la República desestimó su petición de reingreso en el Ejército, con el empleo de capitán de Infantería.

Frente a la tozudez de los tópicos, no fue el único cura paseado con sotana por los nacionales. Revilla era pariente del escritor Manuel de Lope, que recoge su infortunio en Azul sobre azul (2011). El berciano Ramón Carnicer rescató en Todas las noches amanece (1979) la tragedia de su tío Bernardo Blanco Gaztambide, cura secular y profesor de Literatura en el instituto de Astorga, a quien unos falangistas obligaron a desayunar ricino en el cuartelillo instalado en el palacio de Gaudí. Para allanar su persecución, el obispo Senso Lázaro le prohibió decir misa. Detenido por una cuadrilla falangista, fue conducido al campo de concentración de San Marcos, de donde lo sacaron el 27 de octubre de 1936 para fusilarlo en el monte de Villadangos del Páramo. Tristes tópicos.

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