jueves 26/5/22

¡Por fin se ha desatado la explosividad humana en nuestras calles! Durante la pandemia, la población ha vivido recluida entre sus temores y ahora, con la llegada de la «Semana Santa», ha vuelto la festividad a las ciudades y pequeñas localidades de nuestro país.

No obstante, aprovecho este momento para reflexionar acerca de la transformación que ha sufrido nuestra ciudadanía durante todos estos años de democracia, haciéndome eco de la escasa influencia psíquica que tiene, en el fondo, la vivencia del acontecimiento de la muerte y resurrección de Cristo en la actualidad.

Recuerdo ahora cómo se vivía la pasión de Cristo en nuestra infancia. Bares y lugares de ocio cerrados o a medio gas; televisión en blanco y negro, con programación religiosa y cierre de emisiones, de forma sepulcral; ayuno y abstinencia en gran parte de los hogares españoles; cursillos, retiros espirituales y visitas a las iglesias bajo el sello pasional de la divinidad, y rezos por doquier con las cabezas femeninas, cubiertas con el velo, realizando finamente con los dedos la señal de la cruz… En fin, el ambiente social preconizaba un escenario que pudiera hacer sentir en los cuerpos el dolor y la muerte de una divinidad humanizada, que parecía querer hablarnos a través del sufrimiento de las múltiples imágenes que invadían las capillas. Y allí estábamos todos, postrados en silencio y empujados a participar en ese «pathos» que acabaría en muerte, para más tarde poder anunciar la resurrección del cuerpo, libre de sufrimiento, sirviendo el suceso de estímulo y alimento para el corazón de una población supuestamente creyente.

El mantenimiento de la tradición, y por tanto de la festividad, no está en este momento en relación con la potencia de la creencia sino, más bien, con el eco de un ceremonial histórico que ha perdido gas espiritual con el paso del tiempo

En este contexto las procesiones, símbolo tradicional y emblema ceremonial internacional, no eran más que el momento en que multitud de pecadores se acercaban para vivir con el dolor de su propio cuerpo este evento de muerte y promesa de resurrección. Y para este menester no faltaban las cadenas, los cilicios, las flagelaciones, los pies descalzos o el hecho de cargar la cruz, como remedo de penitencia por el mal ejercido o pensado. Sin duda que había muchos pecadores entonces, quizás demasiados, sedientos bajo el amparo de la escena del calvario.

Sin embargo, me parece que este marco no se parece en nada a lo que ahora se denomina «Semana Santa», tal vez porque la creencia que nutre en este momento el folclore de la pasión y de la muerte de Cristo no es de la misma calidad que antaño, o tal vez, porque ha dejado de tener valor el sufrimiento y el pecado que se exigía entonces, para introducir ahora el ocio, la diversión o la festividad vacacional que se promueve. De ahí los atascos de coches sin fin, los entretenimientos en diferentes espacios o los viajes de placer, así como la búsqueda de un goce que invade todas las urbes porque, efectivamente, ya no hay pecadores ni pecados que redimir.

El mantenimiento de la tradición, y por tanto de la festividad, no está en este momento en relación con la potencia de la creencia sino, más bien, con el eco de un ceremonial histórico que ha perdido gas espiritual con el paso del tiempo. No en vano la secularización de nuestra sociedad y la integración definitiva de nuestro país a la modernidad durante estos últimos cuarenta años, ha creado un clima que nada tiene que ver con el mundo de ayer.

Así nuestra población sigue sufriendo pero ya no por el pecado sino por sus diferentes malestares convertidos en quejas y demandas cotidianas. De tal modo que el remedio ahora ya no lo aporta la religión ni tampoco los sacerdotes, sino más bien curanderos, masajistas, videntes y adivinos, o mejor aún, la ciencia y la técnica dentro de un espíritu de creencia que avala, que algún día, para algunos no muy lejano, incluso el cuerpo podrá mantenerse de forma eterna, o si no la mente, gracias al servicio que está aportando la tecnología en nuestras vidas. Entonces, ¿para qué creer en la hipotética resurrección del cuerpo de Cristo si la ciencia promete ahora con su disposición técnica la supuesta e infinita eternidad «democrática» para todos?

Luego la festividad de «Semana Santa» prosigue en nuestra época pero sin el caldo espiritual que antaño trataba de sostener un mensaje cristiano que ha sido periclitado. De ahí que algunos puristas aludan a esta época como «Semana Pagana», o también cómo no, «Festividad de interés turístico».

Por eso pasadas las vacaciones, las iglesias y los púlpitos se vuelven a encontrar vacíos, los seminarios con falta de vocación y en los pueblos cuesta mucho trabajo mantener las capillas limpias y sin desperfectos, fruto lógicamente, del cambio de mentalidad que ha sufrido nuestro país tras la transformación del discurso social.

Y en medio de esta algarabía sigue el debate acerca de la existencia o no, de Dios, de la mano de la ciencia y su creencia en los argumentos y objetos siguiendo su lógica del «Todo es posible», y de la religión, que abandonando ya cualquier argumentación lógica, cifra la existencia de Dios en la potencia de la fe.

En este sentido, pienso que el debate continuará para siempre en el alma humana porque el misterio no tiene solución objetiva, aunque sí una posición subjetiva. Pero permítanme una pequeña ficción. Es sumamente improbable que Dios exista, y desde luego lógicamente imposible su demostración. Pero si la ciencia, algún día, en su afán por encontrar la verdad que cierre la última pregunta, pudiera por fin alcanzar la respuesta y con ello concluir el proyecto de «ser Dios» que aguijonea el ansia de los hombres, entonces, en ese instante, el mundo, nuestro mundo, estallaría como una burbuja precipitando a su alrededor el ruido de una risa que había estado velada en el silencio sideral. Y el juego y su acertijo habrían concluido.

La burbuja de Dios
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