sábado 24/7/21
FUEGO AMIGO

Libre te quiero

Hace unos años, Agustín García Calvo (1926-2012) rehusó con decoro y por escrito un sondeo de ofrecimiento del Premio Castilla y León, que pretendía reconocer su trayectoria como profesor socrático, ensayista deslumbrante, editor y traductor de clásicos, poeta machadiano y novelista epistolar. Luego, recibió tres premios nacionales sucesivos: de ensayo, teatro y traducción. Esta primavera participó en la toma de la Puerta del Sol, que el salmantino Basilio Martín Patino filmó en un documental al que puso por título el más célebre de sus poemas: Libre te quiero. Hace años lo cantó Amancio Prada. Agustín, Patino y Ferlosio: tres octogenarios alentando la protesta juvenil.

Acababa de cumplir 86 años el día de Santa Teresa, cuatro menos que la Sibila de Corrales del Vino Agustina Bessa-Luis. Estudió en Salamanca y fue catedrático de latín en las universidades de Sevilla y Madrid. En Sevilla le hicieron un proceso eclesiástico, acusándole de organizar sacrificios de palomas a Venus y de haberse fugado a la playa en pleno mes de las flores con una alumna seducida. En Madrid le ganó la cátedra a Antonio Fontán, un jerarca del Opus con largo recorrido institucional. En 1965 fue despojado de su cátedra junto a Tierno y Aranguren, y en aquellos meses se anunció en la prensa para dar clases particulares de lo que fuera, antes de abrir la efímera academia Elba (un destierro del que se vuelve), en la calle del Desengaño. Salió al exilio parisino en 1969 y regresó al ser repuesto como catedrático, en 1976. En aquellos años la infamia vertió sobre su nombre ausente ominosas acusaciones de nigromante pagano, que sacrificaba palomas a Venus y al Duero, en su remanso vegetal de Valorio.

Desde París, enviaba al interior recados tan seductores como aquel Manifiesto de la comuna antinacionalista zamorana. Ensayista, dramaturgo, poeta, narrador. Los brillos de su personalidad rutilante han ayudado poco a la recepción cabal de una obra que difícilmente se acomoda a las convenciones. Refugiado en Zamora con la jubilación, se convirtió en editor de sí mismo: sus libros transmiten, junto a un pensamiento radical de incómoda digestión, el aroma de un castellano pacientemente horneado en lecturas clásicas. Reunió sus poemas machadianos en un librito titulado Del tren (1986), que se refiere a otro mundo ferroviario. Aquellos trayectos por la línea de poniente que seguía el curso de la Vía de la Plata, entre avenas locas y cabras de azabache, han sido ya clausurados. Astorga, León, el viejo Reino, Sahagún. “Pan de centeno y miel negra llevaremos de merienda”. La novela Cartas de negocios de José Requejo (1974) constituye junto al poema Sermón de Ser y No Ser (1973) el mejor compendio de su talante y pensamiento.

Libre te quiero
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