viernes. 27.01.2023
INTERROGADO, más o menos hábilmente, un 38% de los jóvenes españoles asegura no tener ninguna preocupación, ni grande ni chica. Ni de las que provocan insomnio, ni de las que urden los sueños dorados. Qué suerte carecer de preocupaciones, incluso en los casos en los que tampoco se tienen ocupaciones. Eso sólo le pasa a los muertos y no a todos. Mi inolvidable César González-Ruano, después de ir al entierro de un amigo bruscamente fallecido, me decía que los muertos no parece que estén dormidos, como suele decir la gente. «¿Sabes de qué tienen cara los muertos?: de preocupados». Gran parte de la juventud española prefiere seguir viviendo con sus padres y que sean ellos los que se preocupen. El demencial aumento del precio de la vivienda ha hecho que aumente también el amor a la familia. Cuesta mucho dinero y mucha y constante atención criar un hijo, pero cuesta más que él se decida a vivir su vida cuando ya está criado. Como en casa de los padres en ninguna parte. No creo que las encuestas engañen. Los que engañan a veces son los encuestados. Un alto porcentaje de compatriotas, entre los que también entran los jóvenes, acaba de confesar que su máxima inquietud es la que le proporciona ETA. Acabar con el terrorismo es algo que anteponen a cualquier otra cosa, incluso a la lucha contra el paro, la delincuencia, la subida de precios y el control de la inmigración. Por muy hondos que sean, los sondeos no pueden llegar al fondo de las cuestiones, que además son cambiantes. En opinión de Pitigrilli, la estadística es una ciencia según la cual todas las mentiras se tornan cuadros, más o menos sinópticos. ¿Cómo creerse, por ejemplo, que el 22 por ciento de los obreros de la construcción beba de forma abusiva y por eso algunos pierdan pie y se caigan del andamio? También pueden intervenir otras causas. Entre ellas que estén preocupados por dos cosas: por sus malas condiciones laborales y por el temor a que puedan interrumpirse. Desgraciadamente, no todos pueden vivir con sus padres.

Los despreocupados
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