martes. 06.12.2022

Esta crisis del coronavirus nos ha llevado a un confinamiento que ha aumentado aún más el contacto a través de los medios audiovisuales y las redes sociales. En ese contexto me ha llamado la atención la cantidad de mensajes que se reenvían, que son réplica de lo que alguien ha hecho y que por algún motivo consideramos de interés. Contrasta todo ello con una ausencia de mensajes que se escriben por el propio interlocutor. Es decir somos mucho más «replicantes» de lo que otros hacen, que «autores» de lo que trasmitimos a otros.

Por pereza y comodidad actuamos simplemente seleccionando aquello que deseamos trasmitir en lugar de expresar nuestro propio modo de pensar. Alain Finkielkraut escribía hace unos años «la derrota del pensamiento» y mucho antes Descartes con su «pienso luego, existo» vinculaba la existencia al pensamiento. Uno diría que esa tendencia a «ser replicantes» nos lleva a no pensar, a ser simplemente cadenas de trasmisión de lo que otros hacen. Con ello perdemos jirones de nuestra propia existencia. Creo que es muy peligroso dejar que «otros piensen por mí». Probablemente a nivel racional todos rechacen eso. Sin embargo cada uno debería pensar en qué medida elaborar sus propios pareceres y en base a que «material» lo hace. Jared Diamond en su libro Crisis. Cómo reaccionan los países en los momentos decisivos avisaba del peligro que suponía el que nos encerrásemos en un nicho político con el propio conjunto de datos ignorando las motivaciones de otros y exigiendo a «mis representantes» que rechacen cualquier mínimo acuerdo con aquellos que no están de acuerdo conmigo. Las propias redes sociales contribuyen a que tan sólo se establezca contacto con aquellos que tienen la misma opinión que nosotros. Se selecciona a unos como «amigos» y se expulsa a los discrepantes. Esto también puede llevar a que se piense que a mí alrededor se da una cierta unidad de pensamiento. Todo ello por cuanto se tiende a leer sólo aquello que está en su nicho de pensamiento. Nos hemos convertido en propagandistas de las formas de pensar de otros que son creadores de «algo» (video, imagen, audio) que viene a estar en mi órbita ideológica.

«Los moderados» tienden a «esconderse» para evitar un enfrentamiento abierto con esas posiciones radicales

Estos cambios que llevan a «no ver a los demás» también afectan a nuestras modos de conducta cotidiana. Nos alertan que la cortesía (al subir a un ascensor, al conducir…) es un valor que se va progresivamente perdiendo. Es también un signo de incremento del individualismo.

Estos cambios llevan a fomentar la intransigencia en los diferentes ámbitos sociales y políticos. Esto es hasta el punto de que Diamond señalaba que «el más grave problema que hoy amenaza a la democracia estadounidense es el acelerado deterioro de la cultura de la negociación y el acuerdo político». Creo que ese diagnóstico es perfectamente válido para España y para el momento actual.

Es muy habitual considerar que si no existe consenso sobre una situación determinada siempre será culpabilidad «del otro». Sin embargo vemos que este es un problema que trasciende fronteras y también posiciones ideológicas. No es exclusivo ni de España ni de los políticos españoles. En ese sentido habrá que ver en qué medida las formas de conducta social inciden en promover la falta de consensos y también hasta qué punto mostramos disposición a cambiar nuestro modo de actuar.

Es también un peligro que las personas con posiciones más radicales triunfen en esos medios sociales. No es casualidad el gran predicamento que han tenido (o tienen) en las redes sociales partidos como Vox o Podemos. La radicalidad supone el tener «menos dudas» y expresar con contundencia sus formas de pensar. A veces, ante ello, «los moderados» tienden a «esconderse» para evitar un enfrentamiento abierto con esas posiciones radicales. El peligro es que esta situación puede allanar el camino para el triunfo de la radicalidad.

Además en general el pensamiento exige un mayor nivel de elaboración y es más complicado expresarlo en una frase o en imágenes. Sin embargo las soflamas es mucho más sencillo difundirlas a través de slogans. La fuerza de una orden se expresa en una frase mientras que un pensamiento exige mayor dedicación y tiempo de lectura.

Podríamos decir que estamos en un tiempo que exige mucho de cada uno de nosotros. La gran complejidad de la situación demanda racionalidad y unidad en el modo de afrontarla. Sin embargo a veces parece que promovemos más la simplicidad y el afán de derrotar al adversario político. Entiendo que hay que recuperar nuestra capacidad de «ser actores de nuestro destino» y no simples trasmisores «replicantes» de aquello que nos pueda llegar. En este momento resulta especialmente complicado diferenciar aquello que es verdad de aquello otro que es un bulo. Hay demasiada gente interesada en fabricar mensajes que difundan falsedades. Difamar a alguien es hoy, desgraciadamente, moneda de cambio muy habitual.

Nuestra «receta» sería buscar elaborar nuestro propio pensamiento, enriquecerse con la lectura de aquellos que tienen cosas que decir y ser plural en recoger puntos de vista. Debemos fabricar escenarios sociales que faciliten los acuerdos y nos ayuden a superar esta crisis.

Los replicantes
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