Diario de León

En mayo, romería a la Virgen de la Peña

Publicado por
Eugenio González Núñez, escritor
León

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Pizarral pelado fue la Cumbre antes de que Congosto (año de 1164) existiera. Hábitat inhóspito, entre erizados peñascos, de enanas urces y picudos sardones, donde por siglos otearon, de norte a oeste, centinelas celtas y astures, y celebraron, dejando en las rocas, señales inequívocas de sus cultos. Fueron los vientos y el cierzo los dueños de una cumbre que los romanos bautizaron como monte Turcia; casi de paso la visitaron los suevos, y por inhóspita, la desconocieron los hijos de la Media Luna. Cumbre generosa, en filones de losa protectora que, en invernales noches de gélidas nevadas, cuando silbaba el viento en los tejados, mi alma niña acunaba dulces melodías. En su interior, como en cuenco milagroso, hay un inmenso aljibe de agua clara, que recientemente ha permitido realizar un proyecto de ensueño: The Rock Suites & Spa. Apartamentos, restaurante y spa, listos para eventos, fiestas, reuniones familiares, en un entorno de belleza sin igual, lujoso y saludable. La Peña es faro de inextinguible luz celeste, y hermoso e inigualable balcón del Bierzo. Quien a él se asoma, corriendo su vista en abanico, se prendará de unas inolvidables postales bercianas: la salida del sol sobre el legendario y mítico Catoute, mediodía sobre la cumbre Aquiana, y veraniega caída en las montañas donde, milenario y recóndito, tienta la fe «el milagro» del Cebrero.

Con el devenir de los siglos, en la cumbre de Congosto, silenciosa y anhelada, al Dios del cielo se le antojó poner para su Madre, una morada. Cuidadores de rebaños fueron, los que decidieron hacerle a la Señora, una rústica capilla, imagen, trono y altar (antes quizá de 1281). Pastores fueron, los que dedicaron cantos y flores, súplicas y acción de gracias, a la reina de sus amores.

Más siglos pasaron, para que, sobre la reina de la Cumbre santa, subieran el Manzanal buenas noticias a Astorga. El obispo, le adjudicó a la Señora capellán que cuidase de su modesta capillica, fomentase y extendiese su culto más allá de las montañas de la comarca berciana: la Cepeda, las llanuras pobres de la Sanabria zamorana y campesina, y cabalgando entre sierras, llegase a los mismos pies de O Cebreiro lucense. Un sinnúmero de capellanes tuvo la Virgen, pero no fue hasta la llegada, en 1580, del Dr. Gabriel de Aller, «alma de la Peña», que la Cumbre comenzó a elevarse y, ambiciosa, casi tocó el cielo con la mano.

Se fue Aller a Roma, y de Roma vino con las manos llenas de bendiciones y prebendas, trayendo consigo Canónigos Regulares de San Agustín, convertidos en frailes de la Orden del Espíritu Santo y consagrado él, por voluntad papal, como Prior de la Peña. En pocas décadas un grandioso templo, junto con una hermosa torre renacentista, un pequeño convento, casa de niños huérfanos y abandonados, hospital de peregrinos, se habían apiñado en el minúsculo espacio de la cumbre, mirando de soslayo a las apacibles aguas del Sil, echándole un pulso al majestuoso Meño, y cuidándose del precipicio que la propia puerta principal del templo sigue mirando con recelo. Pronto la devoción popular puso en contacto a las siete vírgenes hermanas que anidaban, como mensajeras palomas blancas, en las cumbres bercianas.

Pronosticó el cielo siglos de bonanza y crecimiento. Y dados en crecer, se hicieron los frailes dueños de medio Bierzo, mientras el grito de los campesinos pobres, parecía no encontrar oídos en el cielo. Fue el estado, con la honestidad de unos pocos, y la ambición de unos muchos deshonestos, el que, en sueños redentores, decidió arrebatar toda la riqueza de la que, las órdenes religiosas eran dueñas, para saldar deudas y asegurar un futuro digno a los depauperados hijos de la gleba (1836). Pero el futuro nunca llegó, y lo que los pobres esperaban, fue de nuevo a manos de otros dueños. Se fueron los frailes y la codicia sentó plaza en la cumbre: quien allí subía —clérigos o seglares—, solo miraba lo que de valor había para arramplar con ello, disputándoselo a veces, como zorros en pelea.

Cien años después, un odio inexplicable, prendió fuego en el corazón de una España incendiaria, y una hoguera iluminó la noche y redujo a cenizas el interior del templo, del que solo quedaron ruinas, y aun de las ruinas, más tarde, se llevaron las piedras. Por el templo vacío, durante años, se pasearon las raposas, hicieron lumbre los pastores y saqueadores de tumbas buscaron en el templo doblones ajenos. En 1945, dulce y sonriente, vino de Galicia una imagen nueva.

Fue en 1957, cuando, don Federico, el alemán, levantó las ruinas caídas. Yo, de aquella, era tan solo un niño, pero bien recuerdo días de un ir y venir del corpulento, rubio y sonriente, acomodado en un mercedes negro que, sin perder la sonrisa, el aprecio y el respeto a la gente del pueblo, conducía como pidiendo perdón para no molestar a nadie. Y, de aquellas tristes ruinas comenzó a brotar la luz. Subían a la Cumbre renqueantes camiones, llevando materiales para la reconstrucción. Surgieron tejados, belleza en el interior del templo, luces en la torre, y fiestas en la Era. Un día de mayo, un obispo emperifollado, de mirada perdida, enferma y triste, bendijo el templo. Las imágenes sonrientes —de la Virgen y el Niño—, fascinaron de nuevo el corazón del pueblo.

En 1995, la Reina de la Peña, recibió su corona. La fecha mencionada coincidió con el IV centenario de la muerte de Álvaro de Mendaña y Neyra, hijo insigne de Congosto, muerto en Santa Cruz, una de las islas por él descubiertas en los mares del Pacífico Sur. Con motivo del evento, al que asistieron gentes de las Islas, la fe del pueblo vio en ello una oportunidad para que la Virgen de la Peña fuera coronada como patrona del alto Bierzo y sus montañas. Fue el sonriente prelado, don Rafael Palmero Ramos, quien puso sobre la Virgen y el Niño las respectivas coronas. El júbilo del día quedó plasmado en una Hermandad que, por años, cuida el templo y se esmera por extender la devoción a la Señora, asentada en el corazón del Bierzo.

Al menos por cuatro siglos, la romería de la Virgen de la Peña se ha celebrado coincidiendo con la fiesta de Pentecostés, que los frailes de la Orden del Espíritu Santo celebraban con toda solemnidad. Fiesta variable que, ha quedado reservada, siempre que no haya elecciones, para el último domingo de mayo.

Este 29 de mayo, queremos celebrar, alejada ya la pandemia, la Romería con la Virgen de la Peña. No te pierdas la subida de la imagen el sábado 28, por la tarde, ni la misa mayor del domingo 29, porque tras tres años de silencio, queremos decirte que no vamos a olvidar que todos juntos —y tú eres uno de ellos—, seguimos haciendo la historia de nuestro pueblo.

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