lunes. 30.01.2023

Sumamos años, ya, instalados en el entorno digital. Las grandes corporaciones de Silicon Valley se empeñan ahora en la construcción de nuevos universos —ellos lo llaman multiversos— que se encuentran a una gafa de realidad virtual de distancia.

Más pronto que tarde tendremos la oportunidad —no la obligación— de consultar el tiempo y de consumir noticias y películas a través de esta nueva realidad, sentados en nuestro sofá, calzando zapatillas de casa y agitando nuestros dedos en el aire.

¿Y nos acabaremos enterando de algo? El futuro dirá.

Al hilo de todo esto, recuerdo que hace poco menos de un año me afinqué en Manhattan, donde deambulé por sus calles estructuradas durante medio año. Recuerdo el momento exacto de mi llegada, y la incertidumbre que me atosigó.

Un 31 de enero gélido, con una sensación térmica de menos 17 grados centígrados —panorama hostil para un madrileño—, transitando por vías deficientemente iluminadas, salvo Times Square; algunas colmadas de mendigos. Dos días antes, una tormenta de nieve azotó el noreste de Estados Unidos y Nueva York parecía una osita desperezada que sobrevivió a su hibernación.

Padecí esa incertidumbre causada por lo desconocido, por coexistir en una ciudad inexplorada, cuyo corazón late a un ritmo distinto

De esos primeros días, resguardado en un hotel en la Tercera Avenida, recuerdo sentir esa inquietud que le embriaga a uno cuando comienza una nueva etapa, aunque esta sea corta y limitada.

Padecí esa incertidumbre causada por lo desconocido, por coexistir en una ciudad inexplorada, cuyo corazón late a un ritmo distinto, por convivir con ciudadanos de diferentes costumbres; aprisionado entre torres elevadas, ebrio de jet lag y sin ningún conversor para cargar el móvil, como me sucedió.

Y considero que no sufriremos esta sensación extraña, virgen e inocua, en el metaverso, por muy peligroso e inhóspito que este aparente a través de unas lentes. En esta nueva Arcadia, repleta de píxeles, no experimentaremos el frío, no nos acongojaremos, no temeremos por nuestro prójimo.

Por muy afables que sean los fines por los que se está erigiendo este nuevo panorama digital, a costa de la obsesión perenne de la sociedad por las nuevas tecnologías, nunca superará al guion romántico propuesto por la vida real: no nos toparemos con el olor nauseabundo de alcantarilla, ni gozaremos del calor embriagador de una pizza de pepperoni, o, simplemente, no nos preocuparemos por la salud de una septuagenaria invidente que se encamina, inconsciente, hacia un montículo de nieve congelado.

Miedo en el metaverso
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