miércoles 23/9/20

Miedos

salvador

Mientras leo cómodamente instalado, sin prisas, Historia de las ideas y creencias religiosas de Mircea Eliade, en un intento por aprehender el impulso religioso y la invención de lo sagrado a partir del goce femenino, los medios de comunicación no cesan de atemorizar una vez más a nuestra adormecida ciudadanía, con sucesos que despiertan finamente la llama de su inquietud. Bien sean los atentados, las diferentes guerras, el cambio climático, la crisis económica, el posible conflicto nuclear, el éxodo de refugiados, los desastres naturales o las epidemias, lo cierto es que el temor se va introduciendo lentamente en el cuerpo con un sudor cada vez más frío, difícil de hechizar. 


 Que la condición humana sea frágil, es un hecho suficientemente amparado en nuestra corta historia, en la faz de la tierra. La noche con sus ruidos extraños, la presencia de animales salvajes, las catástrofes naturales, el cambio inesperado del tiempo, las dolencias o la muerte, seguro que causaron mucho temor en nuestros ancestros, acobardados por momentos ante la imprevisible «Madre Naturaleza», en su despiadado empuje de vida y de muerte. Digamos que el miedo siempre estuvo metido en el cuerpo desde los orígenes humanos, hasta en los sueños, porque nunca hubo, ni habrá, garantía alguna sobre nuestra posible continuidad terrenal como especie, ni mucho menos individual, puesto que estamos programados para morir, a partir de ese mismo e insistente empuje sexual, nuestra pequeña muerte. Por eso, en un instante, y conviene saberlo pero sin tener tan presente esta idea en la conciencia, el hilo de nuestro sueño de vivir se puede romper sin más. 
 Mucho más tarde que nuestros seres atávicos se confrontaran a las inseguridades de la vida con creencias, ritos y hechizos, que a todo el mundo les hace reír ahora, las instituciones religiosas se encargarían de proseguir con este mismo brío temeroso, amparándose en la necesidad de la virtud frente al pecado, y con ello también, garantizando el control, la estratificación y la sumisión de la población. En su labor por aliviar la herida del alma humana, las religiones introducirían en la conciencia la supuesta paz a cambio de un temor personal, mucho más fino, constante, siempre al acecho. Luego no ha habido cultura que no haya labrado su poder y control terrenal al hilo del miedo, y puesto que éste está muy a flor de piel, es fácil despertar la vorágine del temor al hilo de cualquier circunstancia o acontecimiento social. 


 No obstante, ya no se trata ahora de las trompetas del Apocalipsis que pregonaban los antiguos sacerdotes desde el púlpito, ni mucho menos de la incapacidad de los chamanes para cernir el ímpetu maléfico de unos dioses coléricos, enfurecidos por nuestras conductas irrespetuosas como ególatras. No, en este momento, todo es aparentemente distinto, aunque el miedo siga estando ahí vivo, presente, del mismo modo que antaño, con la única función de enturbiar nuestra precaria fantasía omnipotente de tranquilidad. 


 Sin embargo, tengo la impresión, a la luz del ritmo vertiginoso tecnológico que nos invade, de que el empuje del miedo es ahora más constante y difícil de canalizar, porque los medios de comunicación, en su función por informar y asesorar suficientemente a la ciudadanía, se encargan continuamente de recordar la espada sutil que se cierne sobre nuestras vidas, sin ofrecer a su vez un antídoto verdaderamente eficaz para un alma, sedienta de paz. En este sentido, en otra época, la relación del sujeto con el miedo estaba mucho más amparada en el lazo social y sus rituales comunitarios, y los hombres y las mujeres creían en el poder de todo ese embruje, creado por chamanes y sacerdotes, pero también en sus propios bálsamos salvíficos. Pero ahora los sucesos que vomitan los diferentes canales de comunicación, se escalonan continuamente, en serie, sin ningún tipo de freno ni pausa, y lo que es peor, sin ninguna verosímil solución. Cuando no es el paro, son los desastres naturales, y sino la violencia o la enfermedad, las crisis nucleares o el hambre, y así continuamente sin parar. Además, todo esto a escala mundial, planetaria, vía satélite, a tiempo real. El resultado es mantener a la población siempre conmocionada por el influjo del temor, cuando no, del pánico, para que así nuestra multitud solitaria irrumpa en la compra de no sé qué objeto que pueda encauzar, por momentos, su miedo. Por ejemplo, el abastecimiento indiscriminado de mascarillas para evitar posibles contagios, o el almacenamiento de fármacos para un eventual acontecimiento, son fenómenos al hilo de esta marcada impotencia cuanto inmadura respuesta emocional frente al mal. 

Resulta bastante sombrío el comportamiento de algunos de nuestros ciudadanos, demasiado creyentes con los nuevos ídolos de la tecnología cuando no, de su información falaz e interesada


 Así que, después de tantos siglos de creencias en dioses ya olvidados, el nuevo acto de fe es una mascarilla, por cierto de baja calidad, o el uso de una sustancia mal empleada. ¡Son las nuevas creencias hipermodernas! Triste y patético final para una civilización que se ríe de los antiguos dioses, así como de todos esos hechizos trasnochados, sin saber, verdaderamente, que lo importante es afrontar el miedo, aceptando con serenidad el infortunio de nuestra cotidianidad diaria, con métodos y experiencias que nos hagan sentir una mayor libertad. Es esta experiencia subjetiva la que nos haría ser menos dependientes de las demandas de los poderosos y mucho más comprometidos con nuestra efímera, pero auténtica existencia. 


 Como verán, aunque no es demasiado prometedor el panorama que nos narran los diferentes medios, en un afán, por otra parte, de ganar audiencia y también publicidad, lo cierto es que resulta bastante sombrío el comportamiento de algunos de nuestros ciudadanos, demasiado creyentes con los nuevos ídolos de la tecnología cuando no, de su información falaz e interesada. 
 Les recomiendo, por tanto, que paseen más, sin prisas ni objetivos, y si es posible en silencio; que lean todo lo que puedan; que disfruten de lo que tienen, no de lo que les prometan; que mediten sobre los sucesos que se les presenta en su vida más cercana, con comprensión y cierta empatía; que hablen con sus semejantes, cara a cara, sin el estorbo del pinganillo y, que apaguen los móviles, ordenadores y demás dispositivos electrónicos siempre que puedan. Pero sobre todo, que gocen de la vida que poseen porque ésta es corta, imprevisible, sin retorno. Es cierto que así, probablemente, muchos de los problemas del mundo no se resolverán, ¡quién sabe! Sin embargo, es lo que tenemos, mucho más de lo que todos los días nos quieren ofrecer para cernir nuestros miedos. 

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