jueves 28/10/21
Tribuna

TRIBUNA | Natividad

Han saltado todas las alarmas y de repente nos damos cuenta de que media España se está quedando vacía y la otra media se está llenando de jubilados

Hoy en día sufrimos una crisis de nacimientos. Tal es el estado de la cuestión que preocupa incluso a aquellos que ven un niño y se le ponen los pelos de punta. Que nadie piense que tal preocupación se debe a una actitud generosa que pudiera tener su fundamento en el peligro que corre la especie humana si no nacen niños.


No, la preocupación tiene su origen en el hecho de que peligra el sistema de pensiones. Se afirma por quienes dicen saber del tema que a este ritmo no habrá quién trabaje para mantener las cotizaciones a la hacienda pública, vamos que no habrá dinero para pagar a los jubilados.


Han saltado todas las alarmas y de repente nos damos cuenta de que media España se está quedando vacía y la otra media se está llenando de jubilados. En breve pasarán a mejor vida, a jubilarse quiero decir, la generación a la que pertenezco, la del baby boom. Creo que dadas las circunstancias sería más acertado suprimir lo de baby y dejar simplemente el boom, porque vamos a caer como una bomba sobre la Tesorería de la Seguridad Social.


No sé, pero todo esto es un poco raro, siempre hubo muchos niños. Algo nos está pasando. Más allá de los conocidos argumentos económicos y sociológicos que pretenden explicar la baja natalidad, creo que un factor clave en este problema es la falta de ilusión y compromiso por nuestra parte con nosotros mismos y con los demás.


Queremos vivir lo mejor posible, al momento, y no nos engañemos, consideramos a los hijos un obstáculo para ello. Son fuente de inquietudes para toda la vida y no queremos eso, queremos confort, vivimos el hedonismo, no hay nada de estoicismo en nuestras vidas. Rechazamos frontalmente el esfuerzo y las incertidumbres mediante una búsqueda simplona de la certeza.


Nuestros abuelos, padres y antes que ellos todos nuestros ancestros, no lo tuvieron más fácil que nosotros y aquí estamos. Es un poco contradictorio, quizás nuestra visión primaria de la vida nos venza frente a una actitud creadora que pudiera dar continuidad a nuestra existencia.


Una apuesta clara por la familia ayudaría mucho a paliar esta angustiosa situación. La familia es el ámbito adecuado para dar sentido a nuestros proyectos vitales. Crea un entorno de seguridad y calor que apuntala lo mejor de nosotros. Sirve de bastón ante las dificultades y problemas y es la clave dinamizadora de la sociedad. Es el marco adecuado para fomentar políticas natalistas.


Estamos celebrando la Natividad de Jesús. Son estas unas fechas que marcan un parón en nuestra cotidianeidad y nos sumergen en las cuestiones importantes de la vida. Familia, amigos, hasta parece que nos ayudan a ser mejores personas. Deseamos lo mejor a los demás, la sonrisa nos brota de forma espontánea y con más frecuencia, el mundo es un poco mejor en estos días.


A pesar de todos los pesares propios de sociedades que están inmersas en un proceso de secularización, el nacimiento de un niño sigue tras más de dos mil años, marcando la realidad histórica. Nacer, crear, dar siempre es bueno. Un nacimiento provoca inmediatamente un espíritu de alegría, incluso entre los ajenos al recién nacido. 


Lo llevamos en nuestro código vital. Una nueva vida representa un nuevo proyecto. También dificultades, sinsabores, sueño para los padres, en definitiva, un nuevo horizonte hacia el que encaminarse.


Podemos concluir que se necesitan niños, no solo para resolver un problema de liquidez económica que garantice a los jubilados el legítimo derecho a un descanso avalado por la tranquilidad económica. Se necesitan niños para que este mundo no se acabe. Hay que ponerse manos a la obra y ¡ánimo!, pero con orden por favor.

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