viernes. 27.01.2023

Panorama | antonio papell

Probablemente, los dos datos macroeconómicos que mejor describen la situación del país en este cambio de año son, de un lado, los cuatro millones de parados que personalizan dramáticamente la recesión, y, de otro lado, el excelente comportamiento de la Bolsa española, cuyo principal indicador, el Ibex 35, ha ganado en el curso de 2009 un 30%, el segundo mejor resultado de la década, tan sólo superado por el ejercicio de 2006, año en que la economía española crecía espectacularmente.

Si se considera que la recesión ha sido causada, sobre todo, por una espectacular crisis financiera internacional, generada por la avaricia maliciosa de algunos especuladores sin escrúpulos y resuelta por la intervención de los Estados, y si se tiene en cuenta que las instituciones financieras representan una parte sustantiva del tejido empresarial español, se llegará probablemente a la conclusión agridulce de que quienes han provocado el caos -”los malandrines que pusieron en circulación activos tóxicos y traficaron y se enriquecieron con ellos-” no sólo no han pagado precio alguno por tan detestable desmán sino que han salido reconfortados y fortalecidos de la aventura, gracias a un curioso proceso de socialización de las pérdidas. Que ha sido políticamente posible gracias a un razonamiento tan perverso como irrebatible: si no se hubiese salvado el sistema financiero, la recesión hubiera alcanzado proporciones dantescas.

La crisis ha sido compleja y no es posible describir características globales que la abarquen en toda su diversidad. En el concreto caso español, al desencadenarse el crash nos encontrábamos ante un escenario muy amenazante por el sobrecalentamento del sector inmobiliario. Y, sin embargo, hemos conseguido capear el temporal pacíficamente y sin traumas. En efecto, la crisis española (o, si se prefiere, el flanco español de la crisis global) ha sido especialmente intensa porque el colapso del sistema financiero ha provocado el hundimiento súbito y literal de la construcción residencial, un sector intensivo en mano de obra. La parálisis ha sobrevenido además tras la llegada durante varios años consecutivos de grandes contingentes de inmigrantes, que en buena parte han pasado ahora a engrosar las bolsas de desempleo.

Por razones claramente ideológicas, la estrategia gubernamental ha dado preferencia a proporcionar cobertura social a los damnificados por la crisis. Si el «Plan E» y los estímulos fiscales implementados han supuesto una tímida terapia keynesiana para tratar de cebar la bomba de la inversión privada, el mayor caudal de recursos se ha encaminado a sostener a los desempleados, no sólo mediante las prestaciones contributivas sino también creando ayudas no contributivas que impidan la caída del desempleado en la pobreza extrema. A la vista de los últimos barómetros del CIS, la receta ha sido eficaz: ni la inmigración ni la inseguridad ciudadana son preocupaciones relevantes de los ciudadanos. Lo que indica que se ha conseguido paliar lo más crudo del temporal sin que se produzcan heridas sociales profundas que generen protestas airadas y desorden social.

En todo caso, sí conviene mostrar admiración por la madurez que muestra este país, gravemente afectado por la peor crisis de su ya larga etapa democrática sin dar muestras de pánico o de descomposición. Estas evidencias reconfortantes permiten mirar el futuro con optimismo.

Un país maduro y resignado
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