domingo 22/5/22

Las crisis son tozudas y reveladoras. Si se aprovechan, pueden originar una más justa y razonable velocidad de crucero. Entre tantas interpretaciones, lamentos y desmanes, los responsables del asunto público suelen quejarse de que «no hay un duro. No hay nada que administrar». Ya sabemos por qué. La primera pregunta es inevitable: si no hay nada que administrar, ¿para qué tantos administradores?, con la amenaza de que sean más. Se quejan muchos de ellos de que la cosa pública no está bien pagada. La respuesta llega de la calle en forma de pregunta: «¿Cuántos repetirían en listas abiertas? ¿Cuántos ganarían más en su trabajo, si es que lo tienen? Muchos ciudadanos administran su miseria en una crisis que no parece afectar a los políticos, dedicados a hablar sobre el sexo de los ángeles».

Sabemos todos muy bien que en este panorama confuso no corren buenos tiempos para la lírica. Posiblemente nunca le fueron los vientos favorables, menos aún, en no pocas ocasiones, cuando la plenitud de las velas de navegación depende de quienes ordenan el tráfico marítimo. Es fácil de entender la metáfora, porque son los mismos que ordenan todos los tráficos. Y así están. Los tráficos, naturalmente. Y es fácil de entender sobre todo cuando se es consciente de que la poesía es uno de los últimos reductos de la resistencia ética frente al despropósito.

En este contexto, y en este panorama cultural desolador que padecemos en aras de unas claves que, al parecer, no entendemos los ciudadanos de a pie, también el prestigioso Premio de Poesía González de Lama ha entrado en bancarrota. Desconozco las causas, aunque si es, como se apunta, debido a un intento de modernización, ¿no hay tiempo suficiente entre una convocatoria y otra para hacerlo? A uno se le ocurre pensar, con perdón, que aquello que funciona bien y tiene prestigio consolidado es mejor no tocarlo, una manía que, con frecuencia, destruye más de lo que crea. Uno sigue pensando que las ausencias entran con el tiempo en el cementerio del olvido. Y que van condenando a él a todo un extenso y rico mapa literario espigado en esta tierra. Camino lleva. En este caso, la figura de uno de los referentes esenciales de la poesía española en el siglo XX, Antonio G. de Lama.

Creo recordar que nuestra municipalidad habló de crear un sustrato de creación bajo el amparo nominal de otro de nuestros grandes escritores, Victoriano Crémer. Que uno sepa, tal iniciativa no ha cobrado forma. Tiempo ha habido más que suficiente. Si no se quiere que el tiempo devore lo que iluminan los flashes, absténganse, por favor. Ya tenemos demasiadas bancarrotas en la mochila.

Poesía en bancarrota
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