jueves. 02.02.2023
Algunos días también hay buenas noticias, y por eso merece la pena pasar por alto las estupideces de algunos políticos, pongo por caso a Donald Rumsfeld, secretario de Defensa de Estados Unidos, que ha intentando proferir un insulto al referirse a Francia y Alemania como representantes de la «vieja Europa». No sé si Rumsfeld es uno de esos norteamericanos que creen que España está más o menos cerca de Argentina, y a los que también cuesta situar a Francia en el mapa. Lo que sí sé es que representa a una Administración en la que desde el presidente hacia abajo no defiende los intereses generales sino los de las grandes compañías petrolíferas en las que estaban trabajando antes de ocupar sus actuales cargos. No se me ocurre mayor perversión política que esa. Pero me estoy desviando de la cuestión. Porque hoy no quiero analizar la situación política, ni contar que pasa en el Partido Socialista o en el Partido Popular, o que se cuece en el Parlamento y no quiero hacerlo por lo que comentaba al principio: algunos días también hay buenas noticias. A mí, al igual que al resto de sus millones de lectores, me parece una gran noticia que Arturo Pérez-Reverte entre en la Real Academia Española. Hace muchos, muchos años que conozco Arturo. Eramos amigos en los tiempos en que los que él volcaba su pasión vital yendo a cualquier lugar del mundo donde hubiera un conflicto para luego contarlo a los lectores. Entonces era un tipo de una pieza, me explicó: Arturo era una persona que sabía hacer honor a la amistad, era el amigo con el que siempre se podía contar, de los que tienen una sola palabra, y eso sí, no se muerden la lengua. En aquellos tiempos en que ejercía fundamentalmente de corresponsal de guerra jamás se le ocurrió darse mayor importancia, ni mucho menos ponerse medallas porque corría auténtico riesgo con tal de hacer un buen reportaje. Era generoso, además de audaz e intuitivo, y como es un tipo tierno y pelín tímido, aunque ponga todo su empeño en disimularlo, e incluso consiga hacerlo, pues ya entonces cultivaba la media sonrisa administrando el silencio. Hace tiempo que no le veo, pero sé por lo que me cuentan que continúa siendo más o menos igual: sincero, valiente, con su código de andar por la vida intacto y, sobre todo, sin permitir que el éxito alcanzado le haya embotado el cerebro. Que Arturo Pérez-Reverte haya entrado en la Real Académica de la Lengua es de justicia porque son millones los lectores que le avalan, porque este hombre, lo puedo asegurar, no le debe nada a nadie, porque se ha hecho a sí mismo. Arturo pertenece a una raza especial de escritores y de periodistas de esos que no se conforman con contemplar la realidad, sino que la tocan y la sienten, estén donde estén, con quién quiera que estén, en cualquier circunstancia. Seguramente Donald Rumsfeld no haya leído nunca un libro de Pérez-Reverte, porque un tipo que se refiere a la Vieja Europa con desprecio es sencillamente un idiota. Así que no me imagino a Rumsfeld leyendo las aventuras del Capitán Alatriste, ni emocionándose con El husar, ni empaparse de vida sumergiéndose en la lectura de La reina del Sur, su última gran novela. Verán no es que quiera aprovechar el éxito de Arturo para arremeter contra Rumsfeld, es que a veces la actualidad coloca en paralelo a dos personajes y entonces uno ve con claridad donde anida la grandeza y donde la estulticia y la mediocridad. Para terminar les contaré que en estos años en que no he visto a Arturo, sin embargo, me he encontrado con él a través de sus personajes, de los protagonistas de sus libros, de esos tipos valientes, aparentemente descreídos, llevados por el vaivén de la vida, abiertos a lo que pudiera pasar, sinceros, haciendo siempre honor a la amistad y a la palabra dada. Y es que Arturo es también un personaje de libro, por eso un tipo como él se ha hecho con el santo y seña y ha entrado por la puerta grande en la Academia .¡Felicidades!

Pongamos que hablo de Reverte
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