sábado 28/5/22

Hierático, solemne, astuto y con un aire un tanto zarista, el señor presidente ruso es un ferviente cristiano ortodoxo, impecable, siempre de punta en blanco, digno de toda admiración y respeto. En su larga mesa presidencial, apartado, para no contaminarse con ningún colega, ha dado las órdenes pertinentes para que el ejército ruso pacifique la zona, derrotando al gobierno corrupto, y liberando a la pobre nación hermana de las viejas artimañas nazis. Y la maquinaria de guerra, siempre fiel a la voz del «yo supremo», comienza su noble tarea de, «rendición o tierra arrasada»:

Edificios gigantescos, hundidos y quemados. Casitas humildes, destruidas. Negocios arrasados y calles convertidas en trochas intransitables, donde —algunos, panza arriba, humeando otros—, yacen estrangulados los monstruos de la guerra. Fuentes de energía ardiendo en llamas, mientras la gente en la calle tirita de miedo y se consume de frío. Mudas han quedado las antenas de la comunicación, voladas por el aire abrasador de los misiles.

Los cuerpos de una familia entera permanecen, como esperpento goyesco, sembrados por el suelo de la calle, hasta que manos piadosas los depositen en una fosa común. «Yo no puedo callar. Yo no puedo pasar indiferente ante el dolor de tanta gente. ¡Yo no puedo callar!», ante estas miradas, dolorosos poemas de tristeza, soledad e impotencia, o frente a los soldados rusos, engañados, descorazonados desertores en país hermano, huyendo campo a través.

Trenes abarrotados de sollozos y de lágrimas. No hay billetes para tantos, pero la solidaridad a todos los va acomodando, codo con codo, alma con alma —sin destino fijo—. Los héroes, los que se quedan, no han perdido la esperanza, pero en un esfuerzo sobrehumano, no quieren tampoco perder la alegría, y siguen cantando, aferrados a sus raíces, a la vergüenza de la patria humillada, para que el mundo sepa que «aún no ha muerto la gloria ni la libertad de Ucrania. Aún a nosotros, compatriotas, nos sonreirá la fortuna», derrotando a quienes «nos quieren imponer un yugo».

Millones, llevando su carrito, donde caben los recuerdos y los sueños más oscuros, caminan en procesiones de silencio, amarga cuaresma para inocentes, camino del destierro. Poblaciones enteras, atrapadas como ratas indefensas que no pueden salir de las trampas que el sabio presidente les ha tendido. En muchos edificios ya no quedan balcones ni corredores desde los que mirar las estrellas, ni tampoco espacios abiertos por donde salir y respirar —para sobrevivir—, aires de libertad.

Pero, ¿qué cosas tienes, Tomás de Aquino? ¿Es verdad lo que dicen que dijiste? Yo lo escribí, y escrito está: «¡Es lícito matar al tirano», que tiraniza a los pueblos, asesina y quema, miente y cierra todas las puertas a la libertad!, porque de Ucrania se han marchado las sonrisas y los pájaros, los cielos azules, el encanto de la nieve —teñida hoy de sangre—, cayendo sobre campos y ciudades.

Para que el señor presidente se cuelgue las medallas, se han quedado sin casa, sin vida y sin esperanza, millones de familias. Para que él mantenga su poder, se ha sellado la lengua de los hombres libres, se ha encarcelado la libertad, se han destruido colegios, institutos, facultades. Para que el señor presidente sonría con la risa de los cínicos, han llorado madres, novios y novias, hijos y esposos, temblorosos ancianos. Desgreñadas mujeronas les han gritado a los vientos que la tierra de Ucrania ya apesta a pólvora, y sabe a lágrimas saladas y a lodo. ¡Ucrania agoniza en un genocidio! ¡Ay de aquél que se cuelgue en el pecho la medalla del atropello!

El señor presidente camina «triste y defraudado». ¿Qué tendrá el señor presidente, que su carita de rosa, se ha vuelto demudada y maliciosa? Con su ataque a los hospitales —maternidad e infantil—, la brutalidad ha tomado dimensiones de crimen de guerra contra un pueblo sin agua, luz, calefacción, y muy pronto, sin aliento.

A pesar de los pesares, «hay una niña muy débil y muy blanca», una niña, rubia e inocente, que canta en el refugio. Let it go! Una niña, «oro pálido nimba su carita curiosa y asustada», que, ante el mundo, se siente empoderada para enfrentarse al tirano. Bronco, desenfadado, con cabreo de patriota, arrastrando su bolso y su vida, un niño se convertirá hoy en bandera para que los hombres y mujeres del mundo, en edad de luchar, protejan la tierra y la libertad de una patria mancillada desde la cuna.

Del genocidio, ni árboles ni sueños van quedando, solo algún que otro perro malherido, llamando a ninguna puerta, porque ni puertas han quedado. Salados están —como en medieval castigo—, los campos de trigo, que un día fueron el «granero» que quitó el hambre de Rusia».

Putin no tiene otra meta que el expansionismo y la ambición de los viejos zares: engrandecer geográficamente a Rusia, pero incapaz de encontrar hoy un sendero iluminado. «¡Hurra, cosacos del desierto!, grita a los suyos, desgarremos la vencida Europa, cual tigres que devoran su ración; en sangre empaparemos nuestra ropa, cual rojo manto de imperial señor». En Ucrania, tras los terribles bombardeos, las ruinas, ya no hablan, las ruinas asustan, y los escombros, rezuman lágrimas de sangre.

David suplica al mundo somnoliento, mientras Goliat, «enfadado, triste y deprimido», a punto de enloquecer, como tigre burlado, lanza su furia infernal sobre un pueblo que ya sabe lo que significaría caer de nuevo en sus fauces hambrientas, sus instintos insaciables, desequilibrados.

«¡Quiero llorar!, ¿por qué no habría de hacerlo —se pregunta una joven—, si llorando, desahogo las penas, y las penas se espantan, y rejuvenecen esperanza y amor? ¡No me iré, no abandonaré!, grita el hombre con gestos sencillos y voz de león enjaulado, porque, «la bala que me hiera, será bala con alma. El alma de esa bala será como sería la canción de una rosa si las flores cantaran».

¡Que se pare el mundo y que se baje el tirano —matón, obsceno, empecinado—, se quede sin aliento, y acabe como todos los tiranos: la lengua fuera y los pies colgando!, estoy, inconscientemente, gritando, tras lo que ayer escribió mi amigo Santos S. Santamarta, de Tolibia de Arriba. «Si tu vecino, un mal día, sale armado de su casa, derriba tu puerta y pasa diciendo: «ésta es mi casa», todo el barrio debería ir a detenerlo, pues, de no pararle los pies, y viéndote sin ayuda, se atrevería sin duda a tomar la tuya un día».

Y, dicho lo dicho, no tengo más que añadir, porque, al hombre de buen corazón, para llorar, pocas desdichas le bastan…

¡Señor presidente, esto no es de recibo...!
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