miércoles. 08.02.2023
SI EXISTIERA el columnómetro nos daría el alto porcentaje de artículos publicados en estos días a favor del diálogo fluido entre PP y PSOE, en todo lo referente a terrorismo. Quizá bastaría con que todos fueran un poco más justos con el otro, que es también la mejor forma de serlo con uno mismo. Los justos es el título de una obra de teatro de Camus, en la que un revolucionario ruso renuncia a atentar contra un aristócrata porque su acción implicaría también la muerte de un niño inocente. Aquí, en León, el actual obispo, en una misa oficiada en el santuario de la Virgen del Camino, con nutrida asistencia de políticos, dedicó la homilía a la obligación de éstos de ser justos. Un concejal asistente me contó que el requerimiento fue luego muy comentado por algunos compañeros, perplejos de que cupiera exigírseles tan etérea responsabilidad, pues entendían que no hay más justicia que la de los tribunales y, a partir de ahí, todo es relativo. Pero ya Aristóteles hablaba del «justo medio», que no debería ser confundido con el todo es relativo, pues la verdad existe, aunque se mueva. En efecto, los políticos deben ser justos. ¿ Y cómo serlo sin ecuanimidad, sin renuncia a dañar por dañar, a lo desproporcionado? No es justo proponer hacerle un «cordón sanitario» al PP por no sumarse a una manifestación, como tampoco lo es elevar un mero error verbal de Zapatero, corregido al segundo, a la categoría de perversa traición del subconsciente. Ser justos debe ser nuestra obligación colectiva, un anhelo que ha de impregnarnos como sociedad civilizada, pero muy especialmente deber serlo para políticos y periodistas. El odio ofusca la capacidad de analizar correctamente un hecho, hace primar la anécdota sobre lo importante, e impide ser justo.

Ser justo
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