martes. 31.01.2023

En ocasiones escuche la máxima: «cuando hay una sola mujer dentro de una organización, la organización cambia a la mujer; cuando en una organización al menos la mitad son mujeres, son las mujeres las que cambian a la organización».

Y no cabe duda de que se trata de una máxima si aceptamos este significado: «expresar un pensamiento profundo de forma concisa y en pocas palabras».

En el caso del Parlamento, la paridad se logró gracias a la apuesta del sistema de cupos del Gobierno de Zapatero. No le resultó sencillo convencernos y admito que yo me dejé seducir por el argumento de que esto encerraba a su vez otra actitud machista: cierto paternalismo hacia la mujer que la convertía en objeto florero que accedía a cargos ministeriales (espero ver pronto alguna presidenta) por el mero hecho de ser mujer y no por su capacidad y mérito.

Sin embargo, se trata de un argumento falaz pese a que se sigue esgrimiendo. ¿Acaso alguna de nuestras señorías, sean hombres o mujeres, han accedido a su cargo por capacidad y mérito? Para nada. No son tanto estas características sino lo que Claus Offe denominó «habilidades extrafuncionales» lo que les ha abierto las puertas del Congreso: relaciones familiares, amistad, exhibición de lealtad, el enchufismo castizo…, y también otras categorías como sexo o raza.

Esto nos lleva a admitir que la posibilidad de participación política de las mujeres en un espacio público dominado por la camaradería de los hombres hubiera resultado casi nula. Dicho esto, espero que la capacidad y el mérito sean un criterio por el que los distintos partidos seleccionen a sus (escribir nuestros me resulta ingenuo) representantes, pero esto es algo que tendrán que demostrar dentro del hemiciclo y no algo que se les dé por descontado.

Que las mujeres hoy ocupen sus escaños en el Parlamento se debe a la lucha de una minoría que se enfrentó a una «realidad» (no solo la de sus propios padres, hermanos, vecinos…, sino también la de sus madres, hermanas, vecinas…), que trataron por todos los medios de someterlas a las normas sociales a base de vejaciones: machorras, histéricas, brujas…, o el patíbulo.

Pero no solo es que el Parlamento haya sido tomado por las mujeres, sino que esto hoy nos parece tan natural que lo contrario nos resulta extraño. Sin embargo, si no fuera por la vigilancia de las que ya no son tan minoritarias, quizá nos pasara desapercibida la agresión sexual de la manada. El foco de atención para interpretar los hechos podría situarse no en los actos de los responsables de la violación sino en las conductas de la víctima. Puede que todo se quedara en un abuso del que nos informaríamos, quizá, levantando la cabeza un instante del plato de la comida a la pantalla de la televisión para concluir que una muchacha ebria se fue con otro muchacho ebrio hasta un portal donde un grupo de amigos abusaron de su estado sin que ella se negara a la relación.

La contestación social fue histórica: «¡Hermana, yo sí te creo!». El foco se desplazó y pudimos ver un poco desde los ojos de la víctima (desde los ojos de cualquier mujer, hermana, hija…) y comprender que no se podía negar y comprender que, juzguemos imprudentes o no sus conductas anteriores, ellos son los únicos responsables y que cometieron una agresión sexual con violencia. Lo vimos todos, o al menos la inmensa mayoría, y el Tribunal también observó los hechos desde otro ángulo donde la realidad era más nítida, aceptó el error y rectificó.

Después de aquello comienza la elaboración de la ley del solo sí es sí. Se redacta el anteproyecto y la Ley es aprobada por las Cortes. Algunos de sus resultados ya los conocemos: reducción de condenas y puesta en libertad de violadores. Mi primera reacción fue la de muchos: querer echar a Irene Montero a las fieras (y lo más triste es que así fue). Me he molestado en efectuar una ligera lectura del informe del Pleno del Consejo General del Poder Judicial. A pesar de tener un contenido muy técnico y que la mayor parte puede escapar a mi comprensión, entiendo muchas de sus conclusiones y de sus advertencias respecto a varios perjuicios a la seguridad jurídica.

Además tampoco estoy de acuerdo con la reducción de penas prevista (las ya conocidas y las futuras de nuevas condenas). Este informe es de una gran precisión y por si fuera poco, escrito sin ambigüedades y con una corrección gramatical que deberían copiar nuestros legisladores. ¿Cómo es posible que no se haya tenido lo suficientemente en cuenta si se redactó hace más de año y medio?

La ley trata de mejorar la protección de las mujeres. Pero en algunos aspectos, tal y como infiero del Consejo General del Poder Judicial, esto no se va a lograr con definiciones, cambios de nombre o nuevos conceptos. Juzgar todo como una agresión haciendo desaparecer la definición de abuso no va a solucionar lo ocurrido con la primera sentencia de la manada. Tal y como indica el CGPJ, puede suponer una desprotección de las victimas al no tener en cuenta si hubo un uso más lesivo o menos, o un exceso de castigo en el caso de conductas menos perjudiciales, además de permitir mayor arbitrariedad a los jueces (todo lo contrario a lo que se intentaba). Incluso sobre el famoso solo sí es sí, es decir, sobre el consentimiento, sobre la libre y voluntaria vinculación a la hora de mantener relaciones, existe un problema probatorio más que conceptual. Podría transcribir muchas frases del informe, un trabajo de ciento cincuenta páginas, pero no quiero desacreditarlo con ninguna mala interpretación o equívoco. De lo que no tengo dudas es de que mientras a los neófitos se nos ha envuelto en laberintos semánticos, no se ha tenido en cuenta al CGPJ a la hora de perfilar, corregir y diseñar un instrumento jurídico que dé una protección mas efectiva a las víctimas y sea más cuidadoso con el principio de presunción de inocencia.

Nuestra democracia se supone representativa (aunque debería facilitarse que fuese más participativa) y lo cierto es que no puede ser de otro modo en una sociedad tan compleja, tan especializada, tan inabarcable… Yo prefiero este mito (digo mito porque no veo esa representación) que una dictadura que imponga su «verdad» al resto. Los diputados y las diputadas volverán al parlamento con sus eslóganes, alguna máxima y una retórica que provocaría la risa de los antiguos.

Desde un lado u otro de la bancada, tratarán de persuadirnos con sus simplezas y escenificar el mito de la democracia, pero ya decidiremos nosotros a quienes les damos carta blanca (ni siquiera cumplen con sus programas ni compromisos).

Pero al menos, cuando se trata de un asunto tan delicado, espero que tomen en consideración las aportaciones de los expertos en aplicar el imperio de la Ley y cuando lleven a cabo su performance, que eviten los insultos y las descalificaciones personales para no trasladar a la sociedad sus miserias.

Por último, deseo que se asuman los errores, se lleve a cabo una oposición responsable y se rectifiquen todos aquellos aspectos de la ley que sean necesarios.

El solo sí es sí y la palabra escrita
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