sábado 15/5/21
FUEGO AMIGO

Tejerina mítica

Pocas cosas tan gratas como disfrutar con amigos los éxitos de sus hijos. Sobre todo, cuando se dan en el ámbito impecune y cordial de la poesía, cuyos brillos ofrecen el cobijo de un placer fácilmente compartido. Daniel Fernández (1988) es hijo de David F. Villarroel y de Mari Cruz y su poemario Las cosas en su sitio, publicado por Ediciones Siltolá, obtuvo el IV Premio de poesía joven Antonio Colinas. Daniel es doctor en Filología Española y ejerce como profesor de literatura del Siglo de Oro en la Universidad de Valencia. Su poesía reposada y reflexiva trenza «versos de domingo», en afortunada expresión de su prologuista Luis Alberto de Cuenca.

Como hiciera el gran Claudio Rodríguez con su inaugural Don de la ebriedad, Daniel amasa sus poemas paseando, mientras busca armonizar el encaje respirado de sus asuntos, que giran alrededor del paso del tiempo, con los frutos siempre nuevos y desudados del amor incipiente y la nostalgia redentora del paraíso perdido de su Tejerina familiar, «recuerdo de aquel sudor risueño de la infancia, cuando tu reino era un verano». De ahí, sin duda, la serenidad tintada de tristeza de unas evocaciones líricas, que desvelan en su secuencia, al desgranarse, la estela tutelar del gran Gil de Biedma, cuya obra imprime una huella decisiva en sus versos nostálgicos, de rumor añorante y melancólico.

Aunque en su bagaje de lector bien instruido emergen de inmediato en los 35 poemas del libro sesgos elásticos de Borges y resonancias aún más clásicas, que proceden de los maestros Fray Luis o Lope de Vega, materia de su especialización universitaria, como la secuencia en cinco pasos del poema Veredas. En torno al papel nuclear en el libro de su poema Tejerina, que actúa como contraseña del paraíso, discurren retratos y audacias diversas, enhebradas con admirable ironía, salsa que diluye con talento inevitables tentaciones de solemnidad. Dejando también espacio a versos de delicado erotismo, como los que despliega su poema Judith.

El poema Tejerina es uno de los más hermosos dedicados en cualquier tiempo a diferentes espacios de nuestra provincia, porque no sigue en sus acordes pautas superficiales de estampa, sino el dictado memorial de sucesivos descubrimientos, que parten de su enclave tras el verde, escondida por los montes: «Yo sé que estás ahí, tras esos montes, /y sé tus ocho letras, y los rostros / de todos los que atizan, barren, siembran / tus lumbres y tus casas y tus huertos». Para concluir mostrando el oro viejo de su memoria: «el agua del reguero me devuelve / a mi abuelo tallando la madera de un barquito que surca mis recuerdos; / tu cuesta más paciente trae a cuestas / un balde azul que baila entre mis brazos/ cuando arriba mandaban a por leche».

Tejerina mítica
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