Innovación y turismo
Opinión | manuel román
| Responsable de desarrollo territorial de la fundación ciudad de la energía
El Turismo ha sido, durante los últimos cincuenta años, una enorme fuerza transformadora del territorio, la sociedad y la economía española. Ya nada queda de las aldeas de pescadores que eran Marbella o Benidorm (lugares de los que, dicho sea de paso, la gente emigraba), que ahora son gigantescos conglomerados urbanos centrados en actividades de servicios dirigidas a los grandes flujos de visitantes.
En ese tiempo, la costa española ha llegado a convertirse en sinónimo de turismo hasta el punto de que parece que éste no es posible en ninguna otra parte, su aportación al PIB ha llegado a situarse en el 10%, y es el sector que menos empleo ha perdido en este último año. A escala internacional, según datos de 2009 España es el segundo destino por ingresos del mundo, solo por detrás de Estados Unidos, y el tercero por número de turistas, en dura pugna con Francia.
Desde una perspectiva económica, el turismo genera un conjunto de actividades muy diversas que tienen un fuerte impacto sobre los territorios en los que se realiza. Un turista demanda bienes y servicios con un componente local muy fuerte, bien porque sólo se pueden ofrecer in situ (alojamiento o comidas), bien porque eso implica un valor añadido (productos típicos agroalimentarios, por ejemplo). Todo ello genera renta y empleo, como hemos visto a lo largo de cinco décadas. El turismo también exige infraestructuras de transporte, de comunicaciones, suministros, seguridad, sanidad, etc. Estos servicios han ido creciendo conforme lo hacía nuestra economía y las demandas de los visitantes; son los costes de nuestro modelo turístico.
Hace veinte años saltaron las primeras alarmas en torno al estado del sector: el «modelo sol y playa» empezaba a encontrar seria competencia en otros países (el Mediterráneo oriental y el Caribe, sobre todo); y la rentabilidad del mismo era cada vez menor, dados los crecientes costes en infraestructuras y suministros y el muy escaso valor aportado por los visitantes, que cada vez más venían en paquetes cerrados, controlados por comercializadoras extranjeras.
Quedaba de manifiesto que concentrarse en un solo producto; la ausencia de una planificación efectiva sobre la actividad; su comercialización y su incidencia sobre el territorio tenían un coste. Desde entonces, la Administración central ha focalizado sus esfuerzos en diversificar la oferta, mejorar la comercialización y fomentar la planificación. Estos tres ejes de trabajo buscan mantener la competitividad del sector en un contexto de creciente competencia, en el que, además, la demanda mantiene un constante proceso de cambio.
Esos cambios son los que hacen que planificar el territorio y el turismo sea imprescindible. El crecimiento de la renta y de la conciencia social y ambiental de los turistas define un nuevo escenario, en el que las respuestas convencionales conducen al fracaso y se abren nuevas oportunidades al turismo de interior. Los nuevos visitantes exigen algo más, un valor añadido al territorio y a sus servicios que sólo puede darse con calidad, y a través de una consideración integrada de las actividades turísticas en el espacio en el que se desarrollan.
La planificación es la vía para poder ofrecer esa calidad y esa diferenciación. Más allá de tener unas infraestructuras, servicios y suministros que respondan a las necesidades, es necesario un paisaje de calidad, que no es más que la consideración integral del territorio como imagen turística de sí mismo.
Hace medio siglo, unos pocos innovadores pusieron en marcha uno de los pilares de nuestra economía. Es probable que entonces muchos pensaran que lo que hacían no llegaría muy lejos. Hoy es el momento de renovarse para seguir mejorando, y seguro que aun quedará quien piense lo mismo que antaño. La clave del éxito, sin embargo, sigue siendo la innovación.