Diario de León

LOS EFECTOS DE LA CRISIS

«Nadie golpea más fuerte que la vida»

La crisis tiene nombres de personas que merecen ser escuchadas, gente que sobrevive en Ponferrada gracias al Comedor Social

El comedor del Hogar del Transeúnte abre cada día a las 13.00 horas. Mientras tanto, sus usuarios aguardan para comer

El comedor del Hogar del Transeúnte abre cada día a las 13.00 horas. Mientras tanto, sus usuarios aguardan para comer

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M. J. ALONSO | PONFERRADA
Ponferrada

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En el pasillo huele a macarrones y a filete de ternera. En la cocina, la actividad no cesa. Las tres cocineras voluntarias trabajan contracorriente para tenerlo todo listo a la una de la tarde. Empieza a notarse el trajín, la puerta se abre y se cierra constantemente, lo hará hasta 50 veces. El comedor comienza a llenarse. Aquí se dan una media de 60 comidas diarias y el mismo número de cenas. Entre sus cuatro paredes no se aprecian brotes verdes pero sí desesperanza, mezclada como contrapunto, con grandes dosis de solidaridad. Sólo los más optimistas se atreven a mirar a la vida de frente e intentan pensar en un futuro distinto. Otros prefieren agachar la mirada, avergonzados quizás, rendidos casi seguro.

Algunos llevan años alimentándose gracias al Hogar del Transeúnte y Comedor Social San Genadio de Ponferrada, otros apenas acaban de llegar. Los hay que están de paso —trotamundos se hacen llamar— y también se cuentan algunos que han sido cobijados en pensión completa para no tener que dormir al raso. Entre ellos está Ricardo. Tiene 46 años y llegó a Ponferrada el pasado mes de agosto. Llevaba una década viviendo en Madrid, los últimos años en la calle, y un día se dijo a sí mismo que para sobrevivir a base de limosnas lo hacía en su tierra. Ingresó en el Hogar San Genadio por mediación de la asistenta social del albergue que frecuentaba en la capital. En su pueblo natal, Toreno, vive su madre, dos hermanos y tres sobrinos. Todos dependen de la pensión de la primera y él se niega a ser una carga más. No tiene ningún tipo de prestación porque aunque comenzó a trabajar a los 14 años, casi siempre en el sector de la hostelería, pocas veces estuvo asegurado. Ahora hace seis años que no trabaja y «me comen los demonios —asegura— porque me veo una persona con capacidad para hacer cosas».

Ricardo pinta al óleo. Con tan sólo 17 años ya expuso sus trabajos en Barcelona. Hasta hace unos días, de su gran pasión sólo quedaba el recuerdo, pero ahora vuelve a estar esperanzado. Hace aproximadamente una semana, Ricardo permanecía inmóvil en la calle del Reloj, donde habitualmente pide, y un hombre al que previamente había contado algún fragmento de su vida apareció con dos bolsas. «Me regaló un caballete, lienzos, pinturas y pinceles», sonríe al recordarlo. «Ahora es posible que Fernando me busque un sitio para pintar», vuelve a esbozar una sonrisa. Fernando es Fernando Fra, uno de tantos que hace posible el funcionamiento del Hogar del Transeúnte. Gracias a él y al material que le han regalado, Ricardo vuelve a ver la puerta abierta. Obtener algunos recursos con la venta de sus cuadros sería, ahora mismo, su sueño.

Menos optimista es Lorenzo. A punto de cumplir 50 años, tiene su residencia en un pueblo de Astorga pero recorre la provincia y sus alrededores para poder comer. Lleva seis años sin trabajo —al margen de alguno esporádico que le ha salido en este tiempo— y cobra una prestación de algo más de 400 euros por los 25 años que tiene cotizados. Su último empleo fue de peón forestal, pero también ha trabajado en la recogida de fruta y fue legionario cinco años en Melilla. Él tiene la suerte de tener una casa, la que le dejó en herencia su madre. Pero lo que gana le da para pagar los gastos, por eso para alimentarse acude a comedores sociales.

Para él, España continúa en su camino recto hacia al abismo pese a la imagen de recuperación que algunos quieren vender. Aún así, la rendición debe ser la última alternativa. «Nadie golpea más fuerte que la vida, pero hay que sabe levantarse y seguir avanzando», asegura.

Seguir adelante también es lo que quiere Aníbal. Tiene 46 años y cobra una pensión de 450 euros por una minusvalía que padece. Vive en Ponferrada, de alquiler, con su pareja, dos hijos de esta y la novia y el bebé de uno de ellos. Son seis en casa y ninguno trabaja, pasan a duras penas con lo que Aníbal percibe. Por ello, este hombre que desde los 18 años trabajó en la construcción y en la colocación de pizarra acude desde hace seis meses al comedor del Hogar del Transeúnte. Él representa a una de las siete familias con niños a los que se les deja llevar los tuppers con comida a casa, para evitar que los menores entren en el comedor, alejando así en la medida de lo posible la sombra de la estigmatización.

María no se llama María pero sí tiene 54 años y un pasado demasiado doloroso, por ello no quiere que alguien la encuentre. Prefiere ocultar quien es ese alguien, pero aún así cuenta su historia. La historia de una mujer sin techo que desde hace dos meses reside en el Hogar del Traseúnte tras haber perdido la ayuda social de unos 500 euros que recibía de la Junta de Castilla y León. La historia de una mujer que, pese a lo duro de su experiencia personal, es tan sólo una más. Una más de tantas personas que sobreviven gracias a la caridad. Una de tantas personas ajenas a una recuperación económica que nadie parece notar. Una de esos hombres y mujeres que merecen ser escuchados.

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