Diario de León

«Lo que hagan, hecho está porque yo ya no tengo fuerzas para decir nada»

El acusado se resigna al resultado del veredicto, que se conocerá hoy por la mañana.

Paulino González, a su llegada a la Audiencia Provincial en la sesión de ayer martes.

Paulino González, a su llegada a la Audiencia Provincial en la sesión de ayer martes.

Miguel Ángel Zamora
León

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Por momentos, la tensión le llevó a hacer un amago de irse a por la fiscal mientras la representante del Ministerio Público relataba cómo habían ocurrido los hechos. A Paulino González, que se enfrenta hoy a la posibilidad de ser internado durante quince años en un psiquiátrico por matar a su hermano en noviembre de 2011, no le gustó cómo relató la acusación pública la forma en la que se fue de Cacabelos.

«Huyó porque no quería que lo pillaran», explicó ella. «Tenía que ir al médico en Salamanca y había sacado los billetes para Brasil tres meses antes. No era un crimen planeado», argumentó su letrado defensor antes.

El caso es que al acusado, que negó con la cabeza varias veces mientras escuchaba el informe de la fiscal y que se compungió cuando se le mostró el cuchillo con el que se cometió el crimen al jurado que hoy decidirá si es culpable o no, le pudo la tensión. Jugueteó con los cables del suelo varias veces con los pies, hasta que la policía le llamó la atención. Sí se relajó cuando se le concedió de nuevo, como en la víspera, permiso para estar unos minutos con su hijo.

El caso quedó listo para el veredicto tras usar el procesado su último turno de palabra. «Lo que hagan, hecho está. Yo ya no tengo fuerzas para decir nada más», explicó.

Fue después de que la fiscal explicara que la vista oral no había hecho sino reforzar sus convicciones. «Por contra, algunas de las tesis de la defensa se han desvirtuado, argumentó».

Así, la fiscalía consideró probado que la mañana del 23 de noviembre de 2011 Paulino acudió a casa de su hermano Antonio para recibir una carta que tenía que entregarle. Víctima de un trastorno delirante, el acusado la emprendió a puñaladas con su congénere. 27 le asestó. Una de ellas, en la cadera derecha de la víctima, fue tan fuerte que el cuchillo de cocina que estaba usando se partió. Así que siguió con una navaja que llevaba en el bolsillo. También la partió. «No fue sólo matar a una persona, es que se puso las botas a darle puñaladas», explicó gráficamente la fiscal en su informe.

Lo mató «porque era uno de los jefes de la mafia calabresa que me perseguía», explicó a la Guardia Civil cuando fue detenido. «Es muy probable que no recuerde con exactitud lo que hizo», aseguró una de las psiquiatras que lo atendió. Decidió irse de Cacabelos con rumbo a Brasil, previa escala en Bembibre, Salamanca y Madrid. A la Guardia Civil le dijo que todos estos cambios eran para evitar que le siguieran los mafiosos. De hecho, dio las gracias cuando tras ser detenido en junio de 2012 le pusieron dos policías a la puerta de su habitación en el área de Agudos de la planta de psiquiatría del Hospital de León. «Así nadie podrá entrar a por mí».

Antes había relatado que la mafia había secuestrado a su hija, había atropellado a su hermano e incluso había infiltrado a dos agentes para que espiaran su declaración en el cuartel de la Guardia Civil.

En Brasil permaneció siete meses. Tenía negocios inmobiliarios. Volvió cuando le pudo la sensación de haber dejado solo en casa al menor de sus hijos. A esas alturas de la instrucción, la investigación ya sabía que había una mancha de sangre en el abrigo de la víctima y que no pertenecía ni a su sobrino, el primer sospechoso, ni a uno de sus hermanos.

Tras tener constancia de que ya estaba en España, se le practicaron pruebas de ADN. El resultado fue positivo y la detención inmediata. Confesó la autoría del crimen a los agentes cuando iba caminando en dirección al cuartel.

«Paulino no está bien de la cabeza. Es un enfermo mental. No hay tratamiento psiquiátrico para resolver su problema», repitió la fiscal. Pide para el acusado quince años en un centro psiquiátrico.

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