Diario de León

El otoño de La Puebla

La avenida más comercial de Ponferrada durante el siglo XX se asoma a la decadencia, con 33 de sus 70 establecimientos vacíos. El Banco de Locales tratará de ponerle remedio.

l. de la mata

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CARLOS FIDALGO | PONFERRADA
Ponferrada

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El dueño del bazar le está diciendo al periodista que lleva 35 años trabajando allí, los 10 últimos como propietario. Es un local grande, de 500 metros cuadrados repartidos en dos plantas, con el menaje del hogar, las figuras decorativas, los muebles, las lámparas, la cristalería y las vajillas de porcelana fina, ordenadas con un cuidado exquisita. Le cuenta al periodista Higinio Álvarez, vestido con traje y corbata y el mismo detalle que pone a la hora de mostrar la mercancía a sus clientes, que cuando él entró a trabajar como dependiente en el bazar que ahora es suyo «la avenida de La Puebla era la milla de oro de Ponferrada».

Y de repente suena la señal acústica que avisa de la entrada de un cliente. Es un hombre de mediana edad, con una bolsa de plástico donde se intuyen algunos paquetes de pañuelos de papel, y no viene a comprar. Viene a pedir limosna. Pero ni siquiera tiene que abrir la boca, por que Higinio ya lo conoce, y antes de que diga nada, interrumpe su relato sobre los mejores años de una de las calles más comerciales de Ponferrada, le pide al que escribe estas líneas que le disculpe un momento, y se acerca a la caja registradora para recoger unas monedas y dárselas al mendigo. Se nota que es un gesto que hace a menudo, quizás a diario.

Ocurría el pasado martes en el establecimiento de Joanco de en la avenida de La Puebla, una calle de contrastes, donde conviven algunas tiendas de lujo y los últimos negocios familiares, zapaterías, tiendas de ropa, alguna tintorería, los despachos de un par de constructoras, con establecimientos sin arraigo, como los dedicados a la compra venta de oro, y sobre todo, con locales vacíos —33 de los 70 establecimientos— tapizados de carteles y de graffitis, que le dan un aire marginal a toda la avenida, jalonada de edificios muy viejos, a pesar de que se encuentra en el centro de la ciudad y es una de las vías que vertebra el tráfico. «La calle tiene un aire de abandono, sí, con muchos locales envejecidos», reconoce Higinio, que tiene claro cuando comenzó su decadencia. «En el momento en que cerraron el antiguo Hospital Camino de Santiago la gente empezó a pasar menos por aquí».

Joanco tiene en frente una manzana de locales viejos donde sólo resiste una perfumería cuyo dueño está a punto de jubilarse. Las goteras de uno de los edificios ahuyentaron a los propietarios de una mueblería, que veían como la humedad amenazaba su mercancía, y la crisis se comió las ilusiones del resto, incluyendo un negocio tan singular como una condonería, que echó el cierre muy pronto. Y la situación no es mejor más cerca del centro Al contrario. Desde la plaza de Las Nieves, al otro lado del río, a la de Lazúrtegui se suceden los locales tapiados, las verjas, los anuncios de conciertos donde en otro tiempo la antigua Ferretería Villarejo vendía puntas y tornillos o una promotora, pisos y viviendas hasta que estalló la burbuja inmobiliaria. Han cerrado agencias de viajes, tiendas de moda infantil, una droguería, una franquicia de ropa juvenil que ya sólo vende en el centro comercial El Rosal.

«El Rosal hace daño, claro», continúa Higinio. Y lo mismo decía, muy cerca de Lazúrtegui, Charo Fernández, que regenta la tienda de moda femenina Rosas desde hace 16 años, «los últimos cinco aguantando»; «El Rosal nos ha terminado machacando. Antes la gente paseaba más por aquí, se tomaba un café, venían de compras, al cine, hacían ciudad». se lamenta.

Charo aguanta, dice, porque tiene una clientela fiel que aún la sostiene. Y aguanta, Jesús González, que vende zapatos a precios económicos a una clientelea fija en Llarena y que tiene claro que con locales tan viejos, pocos se atreven a hacer una reforma. «No meten un duro en el negocio. No se arriesgan».

Una bolsa de locales

A todo ello va a tratar de ponerle remedio el nuevo Banco de Locales del Ayuntamiento de Ponferrada, que siguiendo la idea del exitoso Banco de Tierras que promueve el Consejo del Bierzo, ofrecerá subvenciones para pagar impuestos como el IBI a establecimientos de todo el barrio de La Puebla que se alquilen previa inscripción en el registro municipal. La medida, debe aprobarse en sesión plenaria en las próximas semanas, pero el Ayuntamiento ya ha puesto a funcionar el Banco abriendo el registro.

Además de las subvenciones a fondo perdido para el pago parcial del IBI, y de ayudas, de nuevo a fondo perdido para aquellos alquileres firmados dentro del programa, el Banco de Locales diseñará «acciones de limpieza y mejora de la imagen externa de los locales vacíos inscritos», y ejercerá de mediador entre propietarios y emprendedores.

Los propietarios firmarán un convenio con la Oficina de Desarrollo Local en el que se comprometen a mantener la disponibilidad de la superficie comercial inscrita durante tres años.

Y todo con la intención de invertir la tendencia que conduce a avenidas como la de La Puebla hacia la marginalidad urbana.

Los comerciantes que mantienen sus negocios abiertos ven con buenos ojos al Banco de Locales. Pero no ocultan su escepticismo porque entienden que deberían promoverse otras medidas. Un plan para arreglar fachadas, por ejemplo, opina Charo Fernández, que al igual que Jesús González, recuerda con decepción los intentos de aglutinar al comercio en la desaparecida asociación La Cebra, nacida para plantar cara al centro comercial y devorada por la crisis. Charo es de las que no se atreven a reformar su establecimiento, viendo como hasta la iluminación navideña se ha reducido. «Cualquiera saca los pies fuera del tiesto».

Jesús González echa en falta medidas para que los clientes no tengan que pagar por estacionar en las calles aledañas —una de las ideas que ensayó La Cebra— y sobre todo echa en falta los aparcamientos en la propia calle que retiró la reforma de la avenida en 1997. Cinco mil personas acudieron el 8 de julio de aquel año a la inauguración de unas obras que costaron casi cien millones de pesetas, la mitad aportados por la Junta de Castilla y León, y que sirvieron para instalar farolas fernandinas, baldosas con el emblema de la Ruta Jacobea —un tramo de la avenida coincide con el Camino de Santiago—o barandillas de forja en el puente, que volvía a ser de hierro.

Amenaza de tormenta

Eran tiempos mejores para las obras públicas. Tiempo de subvenciones. De fondos europeos. Ismael Álvarez era alcalde de Ponferrada, José María Merino, consejero de Fomento. Los dos caminaron aquel día por la avenida, estrechando manos bajo la amenaza de una tormenta eléctrica, y se detuvieron en el mirador para leer la inscripción que recuerda el origen de la ciudad. Y sólo cuando terminó el acto, recuerdan las crónicas periodísticas, se desató la tormenta y el cielo se cubrió de relámpagos.

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