Diario de León
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im memoriam
León

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D icen que la vida es corta pero ancha; a veces se hace demasiado corta y su grosor disminuye de golpe, sin avisar, convirtiéndose de pronto en un filo agudo y desamparado que limita con el abismo de los abismos. Algo así sucedió en Peña Ubiña, ayer mismo.

No era Eulogio de los que se arredran por banalidades, tampoco un temerario inconsciente; bien al contrario, conocía lo que hacía y procuraba disfrutar con ello y de ello al máximo, afrontando el riesgo desde la prudencia. Lo puedo asegurar.

Poca gente en El Bierzo conocía como él todos los caminos, todas las sendas, los refugios, las fuentes, sabía medir las distancias y buscar las alternativas. Disfrutaba con pasión de ello y se enorgullecía en enseñarlo, en mostrárnoslo a todos los demás, legos. Creo que de alguna forma pensaba que su cuerpo no era más que un corpúsculo independiente cuya esencia había sido arrebatada directamente del mundo que lo vio nacer y crecer, por eso disfrutaba tanto explorando y entrenando para luego hacernos a los otros partícipes de lugares únicos, tan cera y tan lejos al mismo tiempo.Esta mañana le han dado el alta en este hospital de carne, saliva y sangre, tan hermoso y no menos cruel. Mientras lo buscaban, desde el consuelo desesperado, los que lo conocemos deseábamos que se hubiese roto una pierna, las dos si fuese preciso, pero no que su clorofila se marchase para fundirse con el paisaje, con el viento.

La muerte y su demente democracia, la muerte y su hipocresía. Todos somos excelentes una vez muertos, pero ocurre que algunos también lo son en vida. Compartí con Eulogio miles de kilómetros, tuve el placer de conocerlo mientras sudábamos, nos esforzábamos y hacíamos planes, por eso lo sé. Sé que Eulogio era un gran atleta, como también era un gran hijo, un gran marido y un gran padre. Eulogio era un buen hombre, hay tan pocos. Eulogio era mi amigo.

Por los amigos ausentes, allí donde estén.

L. M. P.

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