Diario de León

historias de superación

La vida que queda después de la muerte

Alrededor de una de cada diez personas que pierde a un ser querido necesita ayuda psicológica o psiquiátrica para superar el duelo, pero la mayoría elude acudir a un especialista aunque ello puede cambiarle la vida.

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maría carro | ponferrada

La pérdida de un ser querido no sólo cambia la dimensión emocional de una persona, sino que puede llegar a modificar su modo de vida, alterar sus costumbres y provocar variaciones importantes en su personalidad y su conducta. La ansiedad, la tristeza y un ánimo bajo son consecuencias prácticamente universales tras el fallecimiento de alguien allegado, es lo que se denomina duelo y constituye un hecho normal. «Es la forma del ser humano de enfrentarse a la pérdida», afirma el psiquiatra del Hospital del Bierzo José María Pelayo-Terán. El problema surge cuando ese duelo se cronifica y se extiende más de lo normal en el tiempo. Es ahí cuando se vuelve patológico y requiere de atención psicológica y/o psiquiátrica. Una fase a la que muchas personas no llegan, quizás por los tabúes que todavía hoy existen sobre la terapia psicológica.

«El duelo tiene unas fases muy definidas: negación, ira, negociación, depresión y aceptación, que pueden ser de mayor o menor intensidad. Se considera que una duración normal de este proceso puede llegar hasta los dos años. Sin embargo, hay personas que no evolucionan favorablemente y sufren episodios de depresión mayor o un trastorno de ansiedad», explicó el doctor Pelayo-Terán, puntualizando que, precisamente, uno de los factores principales que derivan en una patología es que «la mayor parte de las personas no son atendidas ni acuden a ningún dispositivo».

Y aquí, también el sexo y la educación emocional tienen mucho que ver. Según explica la psicóloga Ana Fernández González, si bien las cosas están cambiando, las mujeres son más proclives a acudir a terapia porque su educación emocional ha sido diferente. «Socialmente, a las mujeres se les permite expresar más la tristeza desde pequeñas, mientras que para los hombres es un tema de debilidad, porque entienden que han sido educados para ser fuertes», afirma.

Entre un diez y un quince por ciento de las personas que han sufrido la pérdida de un familiar experimentan síntomas depresivos y de malestar intensos durante años, según un estudio reciente al que hace alusión Pelayo-Terán. Son casos complejos que pueden recibir una atención y seguimiento en Atención Primaria, al margen de las terapias psicológicas a nivel particular. Así mismo, «cuando esos cuadros son más complejos, por ejemplo por ideas relacionadas con la muerte o una alteración de la conducta, suelen ser derivados a servicios de salud mental», añade el psiquiatra.

El tratamiento puede ser farmacológico y psicopedagógico (terapia cognitivo-conductual, terapia de resolución de problemas o terapia interpersonal, entre otras).

Vidas reales

La especialista en psicología clínica Ana Fernández González trabaja con personas que han sufrido la pérdida de un ser querido y tienen dificultades para salir adelante. Familiares de fallecidos que han asumido que la terapia es la única vía de escape, la única forma de salir de un pozo que cada vez se hace más hondo sin ayuda. Hay casos tan diferentes como vidas. Una nieta que ha tardado ocho años en superar la muerte de su abuelo o una madre que lucha por seguir adelante sin su hijo, que decidió quitarse la vida.

Un caso como este último tiene consideraciones todavía más especiales. «Quizás, la pérdida de un hijo sea la más dura», reconoce la psicóloga. Rabia, ira, tristeza absoluta, apatía, dejadez, pena, abandono. Todos ellos son sentimientos y situaciones que han formado parte de la vida de una mujer que hace dos años y medio tuvo que afrontar la muerte voluntaria de su hijo mayor. Gracias al apoyo psicológico de la terapeuta ha ido quemando fases. «Nunca superaré la muerte de mi hijo pero estoy aprendiendo a vivir con ello. Ahora veo las cosas de otra manera, soy capaz de canalizar mi rabia y mis emociones y tengo las respuestas de todas esas preguntas que rondaban en mi cabeza y que yo sola no era capaz de responder», asegura.

Ahora, vuelve a disfrutar de lo que le rodea, algo de lo que se había privado; ha dejado de culpar a su marido de lo que le pasó a su hijo —un sentimiento incontrolable— y quiere volver a bailar y a andar en bicicleta. Esto hace unos meses era impensable para ella, sumida en la más absoluta depresión y encerrada en casa. Más o menos igual que una joven que, por fin, a sus 18 años puede hablar abiertamente de su abuelo, fallecido cuando ella tenía diez. Ocho años ha tardado en querer recordar, en volver a celebrar cumpleaños, en enfocar de otra manera fechas especiales como la Navidad.

Ambos estaban muy unidos y sin terapia no hubiera sido capaz de superar una muerte que ha sido también el germen de un modo de vida aislado y de otros problemas. «Me quedaba siempre en casa, con el móvil, no hablaba con mis padres, no quería ni que me felicitasen en mi cumpleaños», recuerda. Una situación anormal para una preadolescente que empeoró cuando empezó a sufrir ‘bullying’ en el colegio. Se matriculó en otro centro y empezó la terapia. Entonces, su vida cambió. Ahora, tiene una vida normal, porque lo que hasta que recibió ayuda tenía, no lo era, aunque el estado de tristeza y la dejadez personal fueran la tónica de cada día.

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