Diario de León

OPINIÓN ??LUIS DEL OLMO??

Su Majestad el Botillo

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León

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H ablando con fundamento y haciendo caso al paladar que nunca se equivoca, a nuestro maravillloso derivado del cerdo y parte esencial de nuestras señas de identidad, hay que denominarlo así. Su Majestad el Botillo. Le doy tratamiento real, porque su sabor es regio, y también porque su orígen es santo, que es mucho más que noble. Aquellos monjes mendicantes bajaban de los montes, se acercaban al aroma de las matanzas a pedir una limosna en especie y se llevaban a sus monasterios las sobras del cerdo: Con ellos, más unos buenos aliños y la sagrada gracia de sus manos, conseguían elaborar un plato rotundo, audaz y tremendamente berciano. Su Majestad el Botillo es bocado para los cinco sentidos, y aún me quedo corto, porque necesita un sexto y un séptimo sentido. Me explico. Está claro que al botillo hay que admirarlo con la vista, presentirlo con el olfato, escuchar su cálido crujir, tocar su textura y paladear su sabor. Pero además hay que tener el sexto sentido, que es el sentido común, para estar muy atento a todas y cada una de las conmemoraciones botilleras que se hacen dentro y fuera del Bierzo, para no perdérselas, y por último hay un séptimo sentido, que es disponer en todo momento de un estómago alegre, para convertir este banquete en una delicia para el espíritu.

Porque una cosa es comer y otra compartir mesa y mantel, y esto es patete con su Majestad el Botillo. No se puede comer en soledad. No es plato de misóginos, ni de émulos de Robinson Crusoe. Es un plato comunitario, social, familiar, un plato de compañía. Contigo, pan y botillo, tendría que ser el lema de los novios que saben vivir.

Me he preguntado alguna vez, porqué no existe una orden caballeresca del Botillo. Si la Orden de los Templarios estaba en nuestra tierra para asegurar el Camino de Sabntiago, no sé porquñe no se llegó a fundar la Orden de los Berciarios, para asegurar el camino del Botillo. Estoy convencido de que algo parecido se intentó, y tal vez podría encontrarse algo parecido en el fondo documental del Instituto de Estudios Bercianos. Su Majestad el Botillo tiene el carisma de un líder nato. Posee poder de convocatoria, apasiona a los osados y rechaza a los pusilánimes. Y para los que estamos aquí, no cabe más palabra que la admiración, ni más actitud que la devoción.

Por ello, tal vez sea digno y justo, equitativo y saludable hablar de su Majestad el Botillo en clave de poesía. El sabor de nuestro autóctono embutido es tan contundente y rico en matices que puede ser cantado en todos los estilos poéticos. Una leyenda hispanoamericana cuenta que el poeta Rubén Darío fue un gran admirador del botillo. Lo conoció en una de sus estancias en España, y desde su mansión nicaragüense, lleno de nostalgia, imaginaba que entraban en el comedor fuentes de botillo, mientras el poeta en pie declamaba su famoso canto triunfal, de la siguiente manera: “Ya viene el botillo ya viene el botillo; ya se aspira su nítido aroma, la mano se apresta a empuñar el cuchillo, ya viene el Botillo como Rey de Roma”. Desde Sevilla, patria del jamón serrano, otro poeta, José Zorrilla, no quiso ser menos que Rubén Darío, y desde la Hostería del Laurel, en el Barrio de Santa Cruz, mientras escribía su Tenorio, cambiaba la escena del sofá, con una Inés más hambirennta, y un Tenorio recitando estos versos: “No es verdad, ángel de amor que ante este rico botillo, yo me inclino y me arrodillo para comerlo mejor?

Bécquer, al oír estos suculentos requiebros, seguro que dejaba de preocuparse por la vuelta de los oscuras golondrinas y dedicaría su vaporosa lira a un asunto que se pegar más al riñón. Como esto. «¿Qué es el botillo?, dices mientras untas tu pan con abundancia y plenitud. ¿Qué es el botillo? Y tú me lo preguntas?. Botillo... eres tú».

Cuentan las crónicas de Bembibre, y algo habrá de esto en el archivo histórico, que el Fénix de los Ingenios, nuestro importal Lope de Vega, en una de de sus numerosas visitas al Bierzo en busca de inspiración, y después de saborear un suculento botillo, le dedicó al posadero un soneto escrito en el dorso donde estaba la cuenta.

Luego, en Madrid,acuciado por las requisitorias de una dama celosa, tuvo que corregir sus versos haciéndolos más amorosos. Pero el original no se titula «Varios efectos del amor». No. no, digan lo que digan los libros de literatura. El auténtico soneto se titulo «Varios efectos del botillo». Que son los siguientes: «Desmayarse, atreverse, estar furioso, áspero, tierno, liberal, esquivo, alentado, mortal, difunto, vivo, leal, picante, cobarde y animoso. No hallar fuera de él centro y reposo, mostrarse alegre, fiel, sabroso, altivo, aplacado, valiente, fugitivo, satisfecho, dormido, belicoso. Comerlo al menos una vez al año, olvidando sabores má suaves, agarrar su provecho y no su daño. Creer que un cielo es embutido cabe, saborear un gusto sin engaño. Esto es botillo. Quien lo comió, lo sabe».

Y también sabemos de buena tinta que José de Espronceda, el famoso poeta extremeño que cantó al capitán pirata del velero bergantín, dedicó un canto parecido a ciero «botillófago» de Cacabelos, que era todo un berciano de postín. «Con diez botillos por banda, gusto en boca, a toda hora, no come sino devora un berciano de postín. El Insaciable le llaman por su gula bien temido y de sobras conocido del uno al otro confín».

Y así podríamos seguir. Según me aseguró un día un gran amaigo de Salamanca, erudito historiador, cuando Fray Luis de León fue desterrado de su cátedra salmantina, suplicó que el exilio fuese en el Bierzo, para poder cantar así a la vida retirada, de la siguiente guisa: «¡Qué descansada vida, la del que huye del mundanal ruido y da la bienvenida con aire de entendido al gran Botillo, el Rey del Embutido!».

Hasta los grandes místicos, entre levitación y levitación, cuando ponían los pies en el suelo, no tenían más remedio que dedicar sus cantos a un tema menos celestial, pero no menos sincero. El pasmo admirativo del paladar ante una obra de arte tan perfecta, tiene mucho que ver con el éxtasis más puro de la mística. Eso lo sabía una monja carmelita de buena cuchara, Santa Teresa de Jesús, que se pasó media vida encontrando a Dios entre los pucheros. Por eso no es de extrañar que desde su ancha Castilla escribiese unos versos apócrifos, posteriormente censurados por una priora anoréxica, que yo he rescatado para esta ocasión. «Vivo sin vivir en mí y tan buen botillo toco que muero porque no como».

Por su parte, el severo y filosofo Jorge Manrique marginaría su lírica de ultratumba para cantar a nuestra gente sentada alrededor del botillo: «Recuerde el alma dormida,m avive el seso y despierte contemplando una mesa bien servida, y en ella, bercianos fuertes, botilleando».

Botillear. Este es la norma de conducta. Hay que ir por la vida dando testimonio de nuestra tierra, hay que ir botilleando. Hemos de eportar la Revolución del Botillo. Botillear es la consigna. Bota y botillo. El trasunto perfecto del paraiso. Si como decía el amante de la buena mesa, «el amor comienza en la oficina del estómago», hagamos cada día un nuevo hijo adoptivo de nuestra tierra, haciéndolo pasar por la prueba del botillo. Y con espíritu de unión, termino con unos versos prestados por Miguel hernández, que son la esperanza de nuesvos y sabrosos encuentros: «Es fácil recordar este estribillo con bercianos tan nobles y sinceros, pues tenemos que comer muchos botillos comparos del alma, compañeros».

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