La basílica busca mecenas en las fundaciones empresariales
«Los espejos eran en aquella época unos objetos siempre rodeados de misterio», explica el rector de la Basílica de la Encina, Antolín de Cela, mientras vuelve a enseñar a este periódico el trabajo realizado por los expertos de Simancas con la primera de las seis piezas donadas por Isabel de Farnesio y Felipe V en reconocimiento a los milagros de María Manuela de Mendoza, atribuidos a la Virgen de la Encina.
De Cela recuerda que sólo los reyes y la nobleza podían permitirse entonces el lujo de contar con espejos y los artesanos de la República de Venecia habían sido los primeros en dominar la técnica del azogado que convertía el vidrio en una superficie pulida capaz de reflejar la luz con una mezcla de estaño y mercurio. «Algo maravilloso» en la mentalidad de la época, subraya el rector de la Encina, que tiene intención de sondear a fundaciones empresariales con fines culturales —también ha adelantado la posibilidad de buscar ayuda en fabricantes de vidrio como Tvitec— en busca de mecenas privados que ayuden a costear los cien mil euros que cuesta la restauración de las cinco piezas pendientes.
Los seis espejos, previsiblemente, habrían colgado de las paredes de algún palacio civil antes de llegar a Ponferrada para ocupar el Camarín de la Encina, donde han permanecido tres siglos. Impresionados por los milagros de María Manuela de Mendonza, los reyes regalaron las piezas a la Basílica. La historia que circuló en aquellos años sobre los milagros no era para menos. María Manuela de Mendoza era una joven burgalesa, sin movilidad en las piernas, que en torno a 1706 peregrinó a Santiago. Sólo a su vuelta se encomendó a la Virgen de la Encina y prometió servirla si se curaba. Así ocurrió, pero Manuela olvidó su promesa y dejó Ponferrada, sólo para recaer en su invalidez y quedar más incapacitada. La joven renovó entonces su promesa, volvió a curarse, y sus historia llegó a la Corte.