Diario de León

regresa al lugar donde se pintó

El retrato de Yolanda volvió a casa en Reyes

Una sanguina del pintor Amable Arias retorna a Bembibre después de que los hijos de la quinceañera retratada en 1959 en el antiguo Café Mero compraran la obra a la viuda del artista del Grupo Gaur en San Sebastián.

Yolanda Ferrero, ayer con su retrato. Derecha, en el Café Mero. AFB

Yolanda Ferrero, ayer con su retrato. Derecha, en el Café Mero. AFB

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CARLOS FIDALGO | PONFERRADA

«Recuerdo un día. No había nadie en el café y Yolanda, arrodillada en una silla, limpiaba el mostrador junto a la cafetera. El sol de tarde entraba y le daba en las piernas. Yo se las miraba. Me preguntó un poco nerviosa: ‘¿Qué miras?’. Cambió la silla de lugar y otra vez se arrodilló en ella, pero el sol volvía a acariciarle las piernas; y yo, a mirárselas».

Así describía el pintor berciano Amable Arias en Sherezades , la publicación donde hizo memoria de algunos episodios de su vida, su deslumbramiento, una tarde de sol, por la muchacha que servía las consumiciones en el antiguo Café Mero; la joven Yolanda Ferrero, que antes de acudir a la Academia de Veremundo Núñez ayudaba a su familia en un establecimiento hoy convertido en la Confitería Ferrero y uno de los negocios hosteleros más antiguos de toda la provincia porque lleva abierto en la plaza Mayor de Bembibre desde 1870.

Allí, en el Café Mero andaba Amable Arias como por su casa. «Dibujaba a todas horas y por todos los rincones toneladas de papel», escribía el pintor en la misma publicación. Y entre aquellos dibujos, muchos de ellos esbozos perdidos debido a la humedad y el paso del tiempo y tras el derribo del edificio original del café, el artista en ciernes que se movía con muletas desde que un vagón en vía muerta le aplastara de niño contra un muro en la estación de Bembibre y que en pocos años iba a sobresalir en el Grupo Gaur de San Sebastián junto a otros talentos como Oteiza y Chillida, realizó en 1959 un retrato de Yolanda; una sanguina sobre papel donde Amable posó su mirada melancólica para dibujar a la muchacha que todas las tardes se sentaba a escucharle, entre café y café, en la misma mesa junto a la ventana del establecimiento, y que «se moría de la risa» cuando le hablaba de su intención de «construir una filosofía falsa, pero bien cimentada» para engañar a los filósofos y «conducir al mundo a un no camino», lo que el propio autor reconocía que era un dislate.

El retrato, conservado por la viuda de Amable Arias, Maru Rizo, en su estudio de San Sebastián, ha vuelto ahora al lugar donde se pintó, para sorpresa de la retratada, que 59 años después todavía se pasa más de una tarde por la Confitería Ferrero que sigue regentando su familia. Sus tres hijos vieron el retrato en Sherezades y decidieron ponerse en contacto con Maru Rizo para localizar la obra y preguntarle si estaba a la venta. De esta forma, Sandra, Patricia y Jorge Ferrero le regalaron el dibujo a su madre, que al principio pensó que era una copia, el último día de Reyes.

«Lo hizo rápido. Yo me tenía que levantar de vez en cuando para servir cafés, pero lo acabó aquella tarde», recordaba ayer Yolanda Ferrero, sentada en la misma mesa que compartía con el pintor, mientras mostraba a este periódico el retrato enmarcado que habitualmente cuelga de pared del recibidor de su piso. Cuando sus hijos le dijeron que era la sanguina original no se lo podía creer. «Me quedé petrificada. No sé lo que les costó, ni se lo he preguntado, pero bromearon diciéndome que era el regalo de Reyes, el del cumpleaños y el del santo».

Yolanda Ferrero está encantada de que aquel jovencito unos años mayor que ella, que después de abandonar Bembibre para malvivir con su madre en San Sebastián regresaba a casa de su tío José Yebra todos los veranos, con sus carpetas de pintura, sus muletas, sus dolores insoportables de vegija cuando tenía que ir al aseo, secuelas del accidente de las operaciones a las que se sometió —«cantaba La Traviatta, el pobre, cada vez que subía al baño, para que no nos diéramos cuenta»— sea ahora, tres décadas después de su muerte a los 56 años, un artista cotizado y cuya huella va creciendo. «No es que se burlaran de él, pero no se lo tomaban en serio. Decían, ahí está el pobre entretenido», cuando lo veían pintando en el Café Mero a los parroquianos.

Y entre los clientes, recordaba el propio Amable, estaba El Barbas, un octogenario refunfuñón, al que intentaba dibujar cuando lo veía distraído y que se ponía celoso cada vez que Yolanda se sentaba en la mesa del pintor. «¿Por qué tiene que estar siempre con Yolanda?», gritaba El Barbas. Y la respuesta la escribía el propio Amable Arias en Sherezades; Yolanda, la chica que escuchaba sus proyectos y sus fantasías, era «una de las pocas personas en Bembibre que creyó en mi pintura».

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