Amaneció la nieve
E sta no va a ser la última vez que escriba de Fermín López Costero. La primera, ahí tienen la foto que le tomó Ana F. Barredo, fue hace diez años en una cafetería de Ponferrada. Fermín acababa de ganar un premio importante por su poemario Memorial de las piedras —texto «de aliento bíblico» decía ayer el escritor César Gavela— y se había propuesto seguir por el camino de la poesía, pero sin abandonar el del cuento, donde se movía como los maestros. En aquel libro, Fermín interpretaba las señales que el tiempo dejaba en las paredes del monasterio de Carracedo. Las piedras, decía, no están solas; tienen a los pájaros y a los ángeles vagabundos que las ordenaron. «Amaneció la nieve» —escribía del símbolo de la muerte— «pero también podría haber amanecido el hambre, o la locura, o la sensación de vivir en un cuerpo extraño».
Fermín ha contado grandes historias en pocas palabras. Y ha puesto orden, como esos constructores de cenobios medievales que tanto le fascinaban, en algunos episodios del pasado del Bierzo. Hace unos días avisó de que se iba: «Me han diagnosticado obsolescencia programada. Y lo peor es que la garantía hace mucho que ha caducado», escribió con ironía en una red social. Y algunos no supimos, no quisimos en realidad, leer su despedida.