LA GAVETA César Gavela
Los Mundiales
Cuatro mundiales viví en el Bierzo. De niño a joven romántico. El de 1962, el de Chile, fue por la radio. Recuerdo el fragor de los aparatos en una tarde en blanco y negro. Yo iba por la calle Antolín López Peláez, desierta, y allí me encontré con un taxista, de pie sobre la acera, la puerta de su Seat 1400 negro abierta, y la radio a todo volumen esparciendo la incapacidad de España para doblegar a los checos. Yo por entonces hablaba poco con la gente mayor, lo tenía prohibido, pero rompí la promesa y me atreví a preguntarle por el resultado: uno a cero, me dijo aquel hombre. No podía barruntar entonces, claro, que aquella noticia era el pórtico a cuarenta años de muchas y muy dolorosas derrotas nacionales. Del mundial de Inglaterra, el de 1966, recuerdo a Ignacio Linares, gran hombre que quería y quiere mucho a los niños, y que los amparaba siempre, con su sonrisa y su ilimitada capacidad para escuchar y ayudar. Ignacio Linares en el campamento de La Vecilla, que nos dijo, para nuestra desgracia, que la señal del televisor no llegaba a aquel prado del paraíso junto al río Curueño. El partido que no pudimos ver, un España-Argentina, acabó también en derrota para los ibéricos, y luego, algunos días después, ya en el Bierzo, comencé a ver a Portugal de otra manera gracias al enorme talento que sus futbolistas evidenciaron en los estadios británicos. Añadiré que ese mundial lo viví en la cueva del Mi Bar, negocio antecesor del actual Veracruz, que era mezcla de café y tienda de ultramarinos, con el encanto de ser un poco puerto de mar, porque su acera tumultuaria también era muelle de los ruidosos coches de línea que partían hasta un lugar que, entonces, me parecía en las afueras de Tombuctú: hablo de Pombriego. El mundial de 1970 lo viví en casa, muy sosegado y recién venido de un internado religioso donde teóricamente estudiaba filosofía y, donde, en realidad, me pasaba las horas organizando fabulosos torneos deportivos encima del hipotético césped de la cama, con cromos de futbolistas que peleaban detrás de una pelota que en un principio fue garbanzo y, más adelante sigilosa bola de papel de plata. El cuarto mundial, el de 1974, fue el primero en color, pero ya no tuvo la épica de los anteriores. Yo lo pasé en un diván, en la desaparecida cafetería Shitons, junto a las vías del tren. Por allí andaba Cruyff, por la pantalla, pero ya no estaba Pelé, y además yo tenía otros intereses: era rojo, vivía amores contrariados, leía versos y soñaba con la llegada del otoño, que fue cuando logré poner la pica en Madrid.