Diario de León

LA GAVETA César Gavela

Volver a Peñalba

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León

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Volví a Peñalba después de tantos años. No pude evitar el recuerdo del primer viaje. Fue en 1968, un día de verano. La carretera estaba recién trazada, pero aún sin asfaltar. Era una cinta blanca y pedregosa y a lo último surgía Peñalba como una aldea del más allá. Nos acercamos a la iglesia y sentí por primera vez la sencilla emoción del arte mozárabe, su ingenuidad y su sorpresa. Luego recorrimos la falda de la montaña, cruzamos un arroyo y pasamos hasta el valle del Silencio. El otro día, cuando subí de nuevo a Peñalba me extrañó que la carretera siga siendo la misma que antaño, aunque mucho más peligrosa porque el tráfico ha aumentado notablemente. Fue la única apreciación negativa porque, en todo lo demás, disfruté de los cambios advertidos. Los montes, que antaño eran pelados, a la triste usanza del Bierzo sur, forman ahora un bosque nuevo de robles. Y la propia Peñalba está muy remozada, sin perder por eso un ápice de su encanto montañés. El pueblo está muy bien pavimentado y muchas de sus casas, restauradas, le confieren una gracia semejante a la que uno puede encontrar en otros lugares excepcionales, como Albarracín, Frías, Óbidos o Marvao. Sucede, eso sí, que en Peñalba la sensación de soledad es mucho mayor y el encuentro con la naturaleza infinitamente más poderoso, más embriagador. Por eso volví a sentir que Peñalba -y Montes de Valdueza- son los enclaves más prodigiosos que tiene el Bierzo. En ningún otro rincón de la comarca, la naturaleza y el hombre han alcanzado un pacto tan original y resistente. En este último viaje me dio por evocar a San Genadio, aquel hombre justo y arcano que se hizo universal sin abandonar su desierto verde. San Genadio, que vivió en comunión con la naturaleza, quien sabe si inspirado en los versos de Horacio. Pensé esto: ¿cómo se imaginaría Roma san Genadio, el santo más berciano? ¿Qué sería para él aquella urbe tan lejana? ¿Qué otras referencias culturales tenía este santo varón aparte de Cristo y de su mensaje? ¿Estuvo alguna vez en Las Médulas? ¿Cómo era el castro de la Ventosa que él, probablemente, visitó? ¿Viajó alguna vez a Astorga, que ya era sede episcopal entonces? Y, sobre todo, ¿cómo vivió allí arriba, cuando el Bierzo era una floresta vacía de hombres, mujeres y niños; cuando unos pocos senderos cruzaban la comarca? Luego regresamos por la pista que enlaza Peñalba con San Cristóbal de Valdueza. Desde aquel barranco, bajo el sol del otoño y los mármoles blancos y amarillos, Peñalba y Montes me pidieron que contara esta leve crónica, y yo les obedezco.

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