Diario de León

FRAGUA DE FURIL Manuel Cuenya

Enhorabuena, maestro Crémer

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León

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A sus noventa y muchos años, el maestro Crémer, el genial y siempre joven Crémer, nos da lecciones de vida. Su única filosofía es la de vivir. Vivir y dejar vivir. Qué extraordinario. Resulta tan difícil vivir en este teatro de la crueldad en el que las bestias humanas, demasiado humanas, se zampan a diario. "Un mundo en que diariamente se come vagina asada con salsa verde o sexo de recién nacido flagelado y enfurecido, tal como sale del sexo materno" (Artaud). Crémer es un vitalista y un estoico. Ha vivido mucho, luego puede contarnos muchas cosas. No como los faramalleros, que se la dan de vividores, y no han vivido un carajo. "Si lo que se escribe no es autobiografía, no es nada", suele decir este periodista-escritor, que tanto nos ha enseñado. A uno le gustaría llegar a sus años como él ha llegado. Daríamos cualquier cosa, suponiendo que pudiéramos dar algo, por tener su lucidez y vitalidad. Sólo siendo como él es, se puede llegar a su edad. Uno siente una gran admiración por alguien que ha vivido y encima nos lo sabe contar. Vivir y morir en León. Amar y escribir en León. León como hálito vital. León como tierra de inspiración/respiración y persistencia de la memoria. Uno no puede ser un gran novelista cuando no ha vivido casi nada, porque nada interesante tiene que contar. Luego no nos engañemos ni dejemos engañarnos. Crémer es capaz de contarnos muchas cosas de su vida, y contárnoslas bien, lo cual es una maravilla para el lector. Entre mis escritores preferidos figuran Henry Miller y Antonin Artaud. O rapazonas como Anaïs Nin, la musa-amante de H. Miller, y Simone de Beauvoir, la mujer-amiga de Sartre, por citar sólo a algunos. A determinados escritores, o juntadores de letras, les sigue pareciendo que esto de contar su vida es demasiado vulgar o pretencioso o poco literario, y no encaja en los cánones artísticos de vayan ustedes a saber qúe fantásticas literaturas, novelines rosa, historias interminables, verborrea por un tubo catódico, intertextualidad amorosa... A uno le sigue conmoviendo Henry Miller por lo que tiene de autobiográfico. Sus Trópicos de cáncer y Capricornio, Días tranquilos en Clichy o El coloso de Marusi son espléndidos ejercicios vitales. El propio Umbral, insuperable en sus crónicas diarias, se nos muestra autobiográfico. Y es entonces cuando sentimos la fuerza de la literatura, el poder de la palabra, la belleza de la escritura. Enhorabuena por su carrera vital, maestro Crémer. Lástima que no pueda seguir sus artículos semanales cual se merece su entrañable persona, pues en la edición Bierzo del Diario de León, que es la que leemos por estas tierras, no figuran éstos.

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