FRAGUA DE FURIL Manuel Cuenya
El pisito
Vivir en la capital del Bierzo, al parecer, cuesta un ojo de la cara, y aun otro: el del ojete. El metro cuadrado te lo pueden enjaretar, si te dejas, a muchos miles de euros, dos mil quizá, lo cual ya es una buena morterada. Los pisos nuevos, y no tan nuevos, andan por las nubes embarradas de lo inalcanzable. Llegará un tiempo en que cueste tanto, o más, vivir en Ponferada como en el resto de España. Y si encima sumamos calefacción, luz, agua y demás puterías terminaremos todos como asfixiados, con la soga al pescuezo, hartos del esplendoroso pisito que acabamos de comprarnos. Comprar un piso en Ponferrada es una odisea en el espacio agujereado de la sinrazón. Aunque mejor sería decir que se trata de una encerrona de la que a uno le resulta imposible salir, por más años que vivas. Uno debe pensar muy bien eso de comprar un piso. No vaya a ser que se te atragante nomás poner los pies en el mismo. Con un poco de suerte el banco de turno te pinta el dineramen y te lo pone todo en bandeja. Otro asunto bien distinto es lo que te tiene reservado una vez que ya has entrado al trapo. Los bancos son expertos en pintar dinero. El banco mamao lo que quiere es agarrarte por los huevos y dejarte sin resuello. Tú compra, te dicen una y otra vez, que ya lo pagarás. Y si no lo pagas, no te preocupes. Cuentas con toda una vida por delante, un futuro prometedor que se traduce en una incertidumbre cósmica. Lo cierto es que en esta galaxia ni dios tiene el futuro asegurado. Puedes pasarte toda la vida -perra vida de pagos- apoquinando para que algún día, si tal llegara, tus nietos hereden las cuatro paredes en las que te revolcaste durante tu existencia de marrano endeudado. Lo importante en estas situaciones -así te descojonas un rato- es tirarte el moco diciéndole al personal que acabas de comprarte un pisito. Los humanos somos un poco estupidines y nos encanta dorar la píldora aunque ésta nos sepa a veneno. Alguien debería controlar el asunto éste de las ventas de pisos. Si en el fondo, y bien mirado, el pisito no es más que un nicho en el que duermes la siesta de los mortales. Es como si te estuvieran invitando despiadadamente a que ocuparas por adelantado tu hoyo de podredumbre y de muerte. Sientes, incluso, la muerte en vida en cuanto te enjaulas en la engañifa del pisito. Un piso, ya sea en Ponferrada o en Las Hurdes, debería costar una mierda. Que cada cual haga valer su mierda en función de otras mierdas. O al final acabaremos viviendo en La cabaña del tío Tom o en alguna caverna de La Capadocia. Vivamos como trogloditas al servicio de las culebras aladas y toquemos la flauta del amor en tiempos de corrupción y despotismo constructivista.