Diario de León

EL PERIODISTA DE DIARIO DE LEÓN PRESENTA SU NUEVO LIBRO

Manuel Félix: «Bruma Congo es un libro de viajes que toca lo más bello y lo más feo»

El Museo-Jungle de Ponferrada acoge este jueves, a partir de las 20.00 horas, la presentación de este trabajo periodístico

El periodista, Manuel Félix, autor del libro 'Bruma Congo', ayer en el Bierzo. I. DE LA MATA

El periodista, Manuel Félix, autor del libro 'Bruma Congo', ayer en el Bierzo. I. DE LA MATA

Manuel C. Cachafeiro
Ponferrada

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«Bruma Congo es un libro de viajes y aventura real que toca lo más bello y lo más feo». Así lo resume el periodista de Diario de León, que lo presenta a las 20 horas, en la cafetería Museo-Jungle de Ponferrada.

—¿Qué quiere decir bruma en el título del libro?

—La bruma es algo que llega de imprevisto y desvirtúa la claridad, la luz del sol. Hace que todo pueda cambiar en minutos. Estás bien, disfrutas de algo bello y, de imprevisto, llega la bruma y lo cubre todo con ese halo de misterio, de sombras, de imprevistos. La bruma tiene igualmente el encanto de la fascinación por el misterio. Esa bruma, unido a Congo da como resultado Bruma Congo: este libro que es bello y feo, es dulce y crudo, es el bien y el mal. Es la vida y la muerte. Pura realidad, pura existencia vital y hasta cierta mística de lo efímero.

—¿Cuenta todo lo que ha vivido, o ha preferido guardar alguna historia?

—Bruma Congo es un libro de vivencias reales en un país abrumadoramente complicado y difícil, que cuenta lo vivido, pero no todo lo vivido. Hay relato de cuestiones inconfesables, en las que me vi obligado a cambiar los nombres y despistar un poco para no poner en el disparador a los protagonistas de la historia. El libro ofrece todas las claves posibles, reales vividas y también con abundancia de datos contrastados, como cuando preparas una información periodística, en la que todo tiene que estar niquelado, con pruebas y detalles. El libro, como el buen periodismo de batalla diaria y de investigación, tiene las pruebas irrefutables de las historias que cuenta.

—¿Qué experiencia vital sacó del Congo y por qué decide ir allí y no a otro país de África?

—La experiencia vital fue conmovedora. Es de esos viajes y vivencias que te marcan para toda la vida. He viajado por toda América, he vivido situaciones complicadas, pero nunca había visto y arriesgado tanto la vida como en estos 35 días bestiales por el gran río Congo y sus afluentes, como el Lulonga, el Lopori, la desembocadura del Maringa o el lago Tumba en Bikoro. Nunca antes había pasado cerca de mi cabeza una bala de un Kalashnikov y eso sucedió en Basankusu tras una matanza de primates bonobos. En Panamá y en Colombia me sacaron la pistola, pero nada comparado con un fusil de asalto. No olvidaré jamás cómo entré en la habitación del hotel de Basankusu para esconderme detrás de un muro mientras escuchas los disparos. Decidí ir al Congo porque, para un periodista y aventurero que le va lo auténtico, el Congo es eso, lo más auténtico y salvaje que he visto y puedes vivir. Un viaje de 1.400 kilómetros en una canoa tambaleante con un motor de 25 caballos por el río Congo; una expedición en moto, piragua y a pie por selvas donde aún no ha llegado dios, es como alcanzar la verdadera cima de los 8.000 de un escalador. Conozco otros países de África, pero el Congo se lleva la palma de la esencia africana. Es el todo y la nada reunido en una misma pieza. He estado con tribus que aún conservan cierta esencia, pero lo están mercantilizando todo y creando escenarios de cartón piedra para turistas. Lo del Congo es un baño de realidad brutal a cada instante, no te da tregua.

—¿Cuál es la situación actual de este país y cuál es su conclusión sobre lo que está pasando?

—El Congo sigue igual de saqueado y explotado que siempre. Por allí pasaron muchos pobladores de este mundo. Los árabes exterminaron poblaciones de elefantes y arramblaron con su marfil. El rey belga Leopoldo II hizo lo propio con las plantaciones de caucho, la goma necesaria para la industria del automóvil europeo. Los estadounidenses explotaron el uranio suficiente para doblegar a su favor el pulso de la guerra. Varios países europeos, especialmente los belgas, se encargaron de esquilmar a fondo los diamantes, el oro, el coltán, el aceite, el algodón y la madera. Y hoy, son los chinos los que escamotean a bajo precio los recursos. Ellos y los rusos, que controlan ya la franja del Sahel tras la última estampida de los europeos, se están llevando lo que queda del ingente pastel.

—¿Pasó miedo?

—Sí, lo confieso. Quizá no fui consciente en el momento de los peligros que acechaban. Si estás en la selva y tienes que cubrir tus necesidades vitales, imagínate bajarte los pantalones a oscuras y desconocer lo que te puedes encontrar en el suelo. Recuerdo la araña centollo que me miraba y algún otro susto. Aunque parezca mentira, cuando escuchamos los disparos, en ese momento no pasé miedo. Sólo surgió el acto reflejo de resguardarse. Sí me dio más miedo ver cabezas de personas mirándonos como animales de un zoológico por encima de la valla del hotel de Basankusu, entre las concertinas.

—¿Qué momento fue el más difícil?

—Hubo varios, pero creo que lo más difícil o duro que puedes experimentar es no saber si vas a poder comer. Estás en un lugar lejos de todo, donde no hay nada y la comida puede ser una obsesión. Pasé hambre un día y fue una odisea esperar hasta la cuatro de la madrugada a poder hincarle el diente a un trozo de cabra a la brasa en una aldea llamada Bongandanga; que por cierto, estaba riquísima y me supo a gloria chupar el hueso. El hambre es lo que tiene.

—¿Tiene solución África o la inmigración es ya imposible de detener?

Menos la muerte, todo en esta vida tiene solución. Supongo que hay solución para África, pero a los países ricos no les interesa ayudar de verdad. África puede ser un mercado descomunal que supondría riqueza para todos. Si los africanos se organizan y se forman, serían una potencia más fuerte que la rusa, la india o la americana. Hay mucha población joven, con ganas de superarse y de tirar para adelante. Pero la geopolítica y políticos corruptos se lo impiden. Lo vi claramente y lo cuento en el libro. Hablé con un antropólogo congoleño y me dijo que, ni a él, que está formado en universidades belgas, le dejan crecer en su propio país, porque su origen es muy humilde. Esas cosas siguen existiendo en este mundo.

—¿Qué destacaría del Congo para quien quiera ir?

—Que es un país muy bello, de una naturaleza desbordante, de una gente maravillosa y amable, en el que también hay cabrones de primera división. Que tengan mucho cuidado con quién viajan y a dónde, que no se fíen de cualquiera y que mantengan todos los sentidos alertas de día y de noche. Todo es impredecible.

—¿Hay muchos 'congos' en el mundo?

—Hay mucha necesidad, pero Congo-Kinshasa es único. Aquí, puedes ver y experimentar lo inimaginable: Pude comprar mi acta de defunción y enterramiento.

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