Diario de León


Ponferrada alumbra la vida de 40 personas que conviven con el fantasma de la soledad

Aurelia tiene 86 años y es una de las usuarias del Proyecto Faro de la Concejalía de Bienestar Social, vivió más de 50 años en EE UU, no tiene cerca a ningún familiar y se sostiene con las visitas y el apoyo del equipo social

María Carro
Ponferrada

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Aurelia de Araoz siempre ha sido una mujer echada para adelante. A sus 86 años, su voz está llena de vida y cada palabra suena alegre, aunque la pena la lleve por dentro. Vive sola en un apartamento de Ponferrada, a donde llegó hace tres años buscando a las amistades de uno de sus hermanos mayores. Ella nació en Medina del Campo (Valladolid), pero pronto voló lejos. En la base aérea de Torrejón de Ardoz —a donde acudió con 20 años para buscar trabajo como institutriz— conoció a un corresponsal de guerra norteamericano viudo con cuatro hijos pequeños a su cargo. Se enamoraron y, cinco años después, se marchó con él a Estados a Unidos. Siete hijos crió (aquellos cuatro y tres biológicos), pero ninguno está cerca. Lo más parecido a una familia que Aurelia tiene en Ponferrada son Juan Carlos Alonso y Abraham González, psicólogo y educador social del Proyecto Faro, que la Concejalía de Bienestar Social puso en marcha en 2020 para combatir la soledad no deseada.

Después de vivir más de medio siglo en Estados Unidos, Aurelia volvió a España y pasó por diferentes localizaciones hasta instalarse en Ponferrada. Llegó aquí creyendo que iba a encontrar a viejos conocidos, pero ya habían fallecido. Se quedó, en parte por las limitaciones físicas que le impone la edad. «Tenía ganas de descansar», asegura. Y un día, encontró un papel en el portal de su edificio con información del Proyecto Faro. «Decía que si me sentía sola, llamara», recuerda. Tardó tres meses en hacerlo y, al principio, se desplazaba ella hasta los lugares de encuentro. Ahora, son Juan Carlos y Abraham quienes la visitan en casa.

Empezaron en abril y mantienen un seguimiento regular que incluye «visitas personales, contacto telefónico y actividades adaptadas a sus intereses y necesidades», explica el psicólogo. Aurelia es una de los 40 usuarios que, actualmente, están integrados en el Proyecto Faro. Son, mayoritariamente, mujeres con una edad media aproximada de 76 años. «Trabajamos desde la escucha y el acompañamiento emocional, hasta aspectos más educativos y concretos de la vida cotidiana, como la promoción y el fomento de hábitos saludables. Nos centramos en potenciar la motivación, la autoestima, la autonomía y las habilidades sociales», explica Juan Carlos Alonso.

Uno de los establecimientos adheridos a la red del Proyecto Faro.

Uno de los establecimientos adheridos a la red del Proyecto Faro.ANA F. BARREDO

Pero no solo eso. «También abordamos situaciones más delicadas, como la ansiedad, la depresión, procesos de duelo o recuperación tras un ictus; y organizamos terapias grupales, salidas de ocio y cultura, proyecciones audiovisuales, talleres, teatro, colaboraciones con asociaciones y colegios y actividades de concienciación y sensibilización, como charlas sobre la soledad no deseada», repasa. Igualmente, actúan como intermediarios en contacto con distintos recursos sociales, como los Centros de Acción Social (Ceas) y la Oficina del Voluntariado. Todo para que «cada persona se sienta acompañada, conectada con su entorno y con la comunidad». Aurelia asegura haber tenido más de una veintena de empleos —incluidos los de conductora de autobús, cajera en una entidad bancaria, contable y cuidadora de ancianos— y muchas aventuras en Estados Unidos. 

«Podría escribir un libro», dice. Lo que sí escribe es poesía: «Sacadme de este infierno donde habito. En la puerta hay un nombre: soledad. En el recinto el eco de un vacío. Sola allí mi alma está. No se oye ni una risa, ni un suspiro, ni llantos, ni gemidos, ni palabras...». Se titula La soledad y es un relato tan desgarrador como clarificador del presente de una mujer que hace muchas navidades que no celebra la Navidad. «Para mí son días corrientes, porque estoy sola. No hago comida distinta ni nada especial», sostiene.

Poesía 'La soledad' escrita por Aurelia de Araoz.

Poesía 'La soledad' escrita por Aurelia de Araoz.DL

«Me falta lo que a mí me gusta más, que es la gente. Me gusta mucho hablar y no quiero terminar hablando sola con las paredes», dice Aurelia que, en ningún caso, valora trasladarse a una residencia de ancianos. «Sería malo para mí. Fui una vez a un centro de mayores y solo había hombres jugando a las cartas, ni una mujer», recuerda. Hace años no le importaba estar sola; pero ahora, «llevo tres años metida en un apartamento —tiene problemas de movilidad y de vista— y me siento prisionera», reconoce. 

Pesan la edad y las condiciones en una mujer vital y cargada de experiencias que ha vivido muchas vidas hasta encontrarse de frente con la soledad que solo alivian las visitas de a quienes Aurelia ya considera amigos, Juan Carlos y Abraham. «Me siento muy bien cuando vienen. Estamos juntos un rato, hablamos de muchas cosas, les cuento anécdotas de mi vida y me dan alegría, porque yo no tengo a nadie aquí. Tengo una amiga que vive en Asturias y hablamos por teléfono, pero no es lo mismo», afirma.

Acompañamiento adaptado

El caso de Aurelia sigue el patrón de la generalidad de usuarios del Proyecto Faro. «La soledad no deseada no se limita a vivir solo, sino que hace referencia a la falta de relaciones sociales significativas, al sentimiento de aislamiento y a la ausencia de apoyo emocional. Factores que pueden tener un impacto directo en la salud física y mental», explica el psicólogo Juan Carlos Alonso.

La periodicidad de las visitas y las acciones de Faro depende de las necesidades de cada usuario. Algunas personas reciben acompañamiento individual semanal y otras requieren un seguimiento quincenal o mensual. Sí se realiza seguimiento diario por teléfono para atender cualquier necesidad que pueda surgir y las actividades grupales (terapias, talleres, debates y salidas culturales) se programan de forma semanal, según el calendario del proyecto y la disponibilidad de los participantes.

«En nuestro trabajo diario, nos guiamos por una corriente psicológica de enfoque humanista, poniéndonos en el lugar de la otra persona y comprendiendo lo que siente, validando su experiencia subjetiva y reconociendo y aceptando sus emociones como legítimas. Nos mostramos como personas reales y transparentes, sin escondernos tras una fachada profesional rígida, y esa honestidad fomenta una relación de confianza mutua que es esencial», relata Alonso, para después invitar a Aurelia a que explique por qué le gustan los lobos y cuente cómo la confundían con Jodie Foster.

"Nos mostramos como personas reales y transparentes, sin escondernos tras una fachada profesional rígida, y esa honestidad fomenta una relación de confianza mutua que es esencial"Juan Carlos Alonso. Psicólogo

«El lobo es mi animal favorito. Me encanta, porque siempre se han inventado historias falsas en torno a él, cosas malas que no son verdad; como me ha pasado a mí en la vida», asegura Aurelia. No es al lobo a lo que teme, sino a que le suceda algo y no pueda pedir ayuda: «Es conveniente no estar solo, no únicamente por aliviar la soledad, sino porque si te pasa algo, hay otra persona que puede auxiliarte o buscar ayuda».

«Ayudadme a salir de este tormento, del abismo donde me estoy hundiendo. Si tan solo supierais lo que sufro, secaríais mis lágrimas amargas, vendríais a sacarme de este infierno», verbaliza la poesía más agria de Aurelia.

Una red de 20 faros

Las personas que llegan al Proyecto Faro lo hacen a través de diferentes vías, que en muchos casos se complementan entre sí: derivaciones de Servicios Sociales, centros de salud y centros sociosanitarios, avisos de terceros o detección directa por el propio equipo del proyecto tras identificar posibles situaciones de vulnerabilidad en el entorno. Pero desde el origen de esta iniciativa existe también una red de negocios de proximidad (librerías, farmacias, panaderías, fruterías, carnicerías, centros de día, etcétera) que hacen de faro. «Esa red está pensada para la detección de situaciones de soledad no deseada aprovechando el contacto cercano y cotidiano que tienen los comercios de barrio con la ciudadanía. Aunque, actualmente, los usuarios llegan por otros canales, estos locales siguen siendo un recurso disponible y una pieza muy importante dentro del enfoque comunitario», destaca Juan Carlos Alonso. Son una veintena de negocios «que se mantienen como base del proyecto».

Aunque la mayoría de los usuarios de Faro son mayores, igualmente hay personas de entre 45 y 60 años. El mayor número reside en la ciudad, pero también se atienden casos en alguna pedanía. «Detectamos carencias de compañía y apoyo emocional, que son el núcleo de la soledad no deseada. También aparecen necesidades relacionadas con la autonomía y la vida cotidiana, como hábitos, organización del hogar o gestión de trámites. Muchas personas presentan problemas como depresión, ansiedad o dificultades de movilidad y, en algunos casos, también existe aislamiento social y dificultades para el acceso a actividades culturales y ocio que limitan sus oportunidades de conexión con la comunidad», repasa el psicólogo de Faro.

La poesía más amarga de Aurelia

Hablar sin pronunciar una palabra es posible frente a un papel. El lápiz o el bolígrafo se convierten en vehículo hacia el desahogo y eso es lo que hace Aurelia de Araoz cuando necesita confesarse y no puede hacerlo verbalmente. Escribe poesía para espantar los monstruos y llenar las horas que también comparte con la lectura y el punto. La soledad es uno de esos llantos mudos, una llamada de auxilio, un toque de atención, un poema amargo y difícil de leer (sobre todo, de escribir), tan expresivo que no deja dudas del estado emocional de esta mujer, aunque el tono de su voz parezca indicar lo contrario.

El próximo número de la revista ‘Voces de Vida’ incluirá la poesía de Aurelia. Esta publicación es otra de las acciones complementarias enmarcadas en el Proyecto Faro impulsado por la Concejalía de Bienestar Social del Ayuntamiento de Ponferrada. Ha sido concebida como un altavoz para los usuarios, que pueden compartir sus testimonios, anécdotas e inquietudes. Así también se generan lazos y «espacios de conexión y participación», explica el psicólogo que visita a Aurelia en su casa.

«Nos llevamos muy bien con ella, nos reímos mucho y nos encanta que nos cuente las muchas historias sobre su vida, lo que hace que la relación sea auténtica y muy enriquecedora», asegura Juan Carlos Alonso.

«Un alma que se apaga». Así es como Aurelia se define en el poema que resume lo que siente.

Violencia de género y «otras formas de vulnerabilidad que requieren una atención especial y derivación a recursos específicos» también forman parte del marco competencial de este proyecto.

Aurelia de Araoz ha vivido en Madrid, California, San Diego, San Francisco, Los Ángeles, Valencia y Alicante, entre otros destinos. Ha leído mucho, ha trabajado más y ha escrito a mano y con máquina de escribir. Apasionada de la música y la pintura, amante de los animales y con predilección por la medicina —su padre se dedicaba al oficio— ahora pasa sus horas en casa, tejiendo un jersey de punto y sin dejar de leer. Solo sale para hacer algunas compras y no sin dificultad y repasa su pasado en las conversaciones con sus «faros».

«Hay solo soledad en mi existencia y sombras que se ocultan en las sombras. La tristeza que ya no es invisible y todos podrían ver cuando se asoma. Ayudadme a salir de este tormento».

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