UN DONANTE PARA REMONTAR EL VUELO
La vida en pausa por un hígado
Manuel Alfonso lleva medio año viviendo en «la provisionalidad» a la espera de un trasplante que ponga fin a 30 años de lucha

Manuel Alfonso arrastra una enfermedad hepática desde que cumplió la mayoría de edad.
Hace 30 años que Manuel Alfonso convive con una enfermedad hepática que ha evolucionado de manera inversamente proporcional a su vida, hasta llegar a detenerla. Vive, dice, «en la provisionalidad más absoluta» mientras espera un trasplante de hígado; pero mejor que cuando creía que la vereda se había estrechado tanto que no había posibilidad de avance. Que le incluyeran en lista a la espera de un donante abrió alguna puerta que había cerrado y volvió a entrar el aire, aun sin saber cuándo podría recibir el órgano que le permitirá retomarlo todo donde quedó, en algún viaje a Italia o en un concierto de Los Enemigos. Espera desde octubre, aunque ya le llamaron una vez hace poco más de dos semanas y tuvo que dar la vuelta en Tordesillas, porque el hígado del emisor, al final, no valía. El Río Hortega de Valladolid es su hospital de referencia. El suyo y el de todo aquel que deba someterse a un trasplante hepático en Castilla y León. Solo el año pasado, se hicieron 38.
Manuel supo de su enfermedad cuando alcanzó la mayoría de edad y pudo donar sangre. Ahí empezó una lucha con varios tratamientos que nunca funcionaron hasta que, en 2020, sufrió una grave hemorragia interna que inclinó la balanza hacia el trasplante como única opción de cura posible. Mientras se sometía a las pruebas obligadas antes de una intervención de tal evergadura, «salió un nuevo tratamiento, me lo hicieron y funcionó. Me curé», relata. La idea del trasplante quedó entonces atrás; pero cinco años después, le detectaron un tumor. Ahora sí, no había margen, necesitaba otro hígado. Y hace medio año, entró en lista de espera. Desde entonces vive pegado al móvil y a una distancia máxima de tres horas de Valladolid. No puede hacer planes ni improvisar ni dejarse llevar. Siempre con la maleta preparada en el coche.
«Para mí fue un día feliz el que me llamaron para decirme que me incluían en lista, sentí tranquilidad», dice. El teléfono sonó cuando estaba en el Hospital El Bierzo, en una mesa informativa de la Asociación de Personas Enfermas y Trasplantadas Hepáticas de Castilla y León (PETHCyL) de la que forma parte y que le ha ayudado a despejar todas las dudas que subyacen de un proceso como el suyo. A eso y a superar miedos.
"Ahora, mi vida depende de la de otra persona y eso te hace mucho más sensible"
La otra llamada, la de que tenía donante, la recibió estando en el ayuntamiento del que es concejal unos días antes de Semana Santa. Puso el móvil en manos libres y todos pudieron escuchar lo que él llevaba meses esperando: «Hola, soy la doctora Sánchez Antolín. Creemos que tenemos un donante para ti. Vete viniendo. El paciente todavía no ha fallecido». Eran las once y media de la mañana y emprendió el viaje acompañado de quien será la persona conviviente que estará con él durante todo el ingreso. Otra maleta siempre lista.
A pocos kilómetros del destino, la misma doctora le mandó parar y dar la vuelta y, aunque aquello le pinchó el estómago, también le ha servido para coger fuerzas. Una vez que entró en lista de espera, tuvo que trabajar duro para bajar de peso como condición irrefutable. Lo hizo con fuerza de voluntad y la ayuda de un entrenador personal; pero la dilatación de los tiempos, la llamada que nunca llegaba y las semanas de espera le hicieron perder moral y estancarse. Ahora, ha vuelto al punto de partida y a coger el ritmo que había menguado, porque ya se ve «en capilla».
"Para mí fue un día feliz el que me llamaron para decirme que me incluían en lista, sentí tranquilidad"
La mañana que le llamaron a él, avisaron a otra persona. Ninguno de los dos pudo recibir el hígado, pero este último sí lo hizo el día de Sábado Santo. Por eso, Manuel lo ve cerca. Por eso y porque, en los últimos días, su situación clínica ha vuelto a dar un giro en negativo que le obligará a someterse a otra quimioembolización transarterial si no aparece un donante. «Los médicos tienen que jugar con las dos barajas por si el trasplante tarda, para frenar el tumor», explica. Confía en que su prioridad haya cambiado.
Se reconoce una persona serena, optimista y muy cuadriculada. Lo ha dejado todo listo por lo que pueda pasar. «Lo primero que hice cuando me detectaron el tumor fue organizar mi vida y hacer testamento», recuerda. Y ahora, en plena carrera hacia una nueva vida, sigue organizando a nivel personal y profesional, porque aunque su enfermedad le obligó a jubilarse antes de tiempo, de sus cuentas dependen la junta vecinal de su pueblo, un club de montaña del que es parte activa y la concejalía de la que es titular.
«Ahora, mi vida depende de la de otra persona y eso te hace mucho más sensible. Dependo de la generosidad de alguien», dice sin que sus ojos sean capaces de ocultar la emoción para, seguidamente, agradecer el trato que ha recibido en los servicios de Digestivo tanto del Hospital El Bierzo como del Río Hortega. Si hay una palabra que lo define es —asegura— humanidad.
Durante todo el año pasado, se realizaron 261 transplantes en Castilla y León y fueron 434 los órganos destinados al trasplante con un total de 130 donantes —cinco en el Hospital El Bierzo-. Son cifras apabullantes detrás de las que hay vidas humanas, como la de Manuel Alfonso que, a sus 48 años, aguarda volver a empezar sin renunciar al camino andado, pero pudiendo ya viajar a Orlando con sus sobrinos y a la isla del Hierro para reconectar, oficiar la boda de un amigo y volver a los directos de esa banda que le dice «Hola chaval. Prepárate para dejar de jugar. 1, 2, 3, ya! Ahora la carrera es de verdad».