Cuatro siglos bajo la mirada de la Morenica
Piedra a piedra, el templo ha acompañado el crecimiento de la ciudad de Ponferrada desde la Edad Media hasta la actualidad

Panel explicativo con las fases y curiosidades de la construcción de la Basílica de La Encina.
Las campanas de la Basílica de la Encina han marcado el ritmo de la vida de Ponferrada durante más de cuatro siglos. Su sonido ha acompañado la alegría de los recién casados, la emoción de los niños y niñas en el día de su primera comunión y el bautizo de generaciones enteras de ponferradinos.
Ha despedido a quienes se marchaban para siempre y ha dado la bienvenida a miles de peregrinos que, mochila al hombro, encontraban en sus muros un lugar para el descanso y la oración con la vista puesta en Santiago. También ha escuchado el repicar de las campanas que anunciaban las grandes fiestas. Pocas construcciones pueden presumir de haber sido testigo de tanto.
La Basílica de Nuestra Señora de la Encina es el escenario donde la fe, las tradiciones y la propia memoria colectiva se han ido escribiendo generación tras generación. A la sombra de su torre han cambiado las modas, los gobiernos y las costumbres, pero la devoción por La Morenica ha permanecido inalterable.
Su silueta domina desde hace más de cuatro siglos la plaza que lleva el nombre de su patrona. Sin embargo, la historia de este templo comenzó mucho antes de que su torre se elevara sobre los tejados del casco antiguo.
En el mismo lugar donde hoy se alza la basílica existió la iglesia de Santa María, construida a finales del siglo XII, poco después del nacimiento de la villa de Ponferrada al calor del puente de hierro que dio nombre a la ciudad y del castillo levantado por la Orden del Temple. Era un templo modesto que contaba con cinco altares —dedicados a Santa María, San Pedro, Santa Catalina, Santo Domingo y Santiago— y un campanario con cuatro campanas. Con el paso de los siglos, el crecimiento de la ciudad hizo evidente que aquella iglesia se había quedado pequeña.
Las actas de la época recogen críticas por sus reducidas dimensiones y por el estado del edificio, considerado poco digno para una villa que comenzaba a convertirse en el gran centro de El Bierzo. En 1567, el Obispado de Astorga autorizó la construcción de un nuevo templo sobre el mismo solar. Se iniciaba así una de las obras arquitectónicas más ambiciosas emprendidas en la comarca durante la Edad Moderna. Las obras comenzaron de forma oficial en 1573, siguiendo las trazas del maestro Juan de Alvear. Pero levantar la nueva iglesia no fue un camino sencillo. La escasez de recursos económicos, las crisis que atravesó la villa y los continuos cambios en el proyecto hicieron que la construcción se prolongara durante casi cien años.
La primera fase permitió levantar la cabecera y el crucero. Después llegaron décadas de ralentización e incluso de paralización por falta de financiación. Ya entrado el siglo XVII, el arquitecto Pedro Álvarez de la Torre replanteó parte del proyecto y diseñó la futura torre, aunque únicamente pudieron ejecutarse sus cimientos. Sería finalmente Juan Bautista de Velasco quien impulsaría la recta final de las obras, modificando algunos aspectos de la planta inicial, mientras que Lucas de Ligar acabaría ejecutando gran parte del edificio siguiendo un diseño muy próximo al concebido décadas antes. La torre comenzó a levantarse en 1614 y se convirtió en el gran referente visual del templo.
Desde entonces, y tras mil y un cambios, su piedra guarda las huellas de siglos de historia y de una devoción que ha sobrevivido al paso del tiempo. En sus muros se conserva la memoria de Ponferrada. La de quienes la construyeron, rezaron o alzaron la vista hacia su torre para saber que, al regresar a casa, seguía estando en el mismo lugar.