Las familias de las víctimas de la riada de Manzanedo buscan respuestas: "Nadie merece morir así"
En la bodega de la casa que quedó enterrada hace dos semanas ya no hay lodo, pero quedan las cicatrices y los afectados mantienen abiertas todas las vías de actuación para esclarecer qué pasó aquel día: "Esto no puede haber sido en balde"
Acceso a la bodega en la que se desencadenó la tragedia el pasado 15 de agosto.
Pensó que sacando a su mujer de la bodega la apartaría del peligro porque era dentro donde estaba la muerte, pero la riada la ahogó en la misma puerta de casa. Dos semanas después del aluvión que mató a dos personas, en Manzanedo de Valdueza (Ponferrada) ya no hay lodo, pero se siguen respirando el luto y la compunción y aún miran con recelo hacia la zona montañosa arrasada por el fuego en la que nació la tragedia. Las dos familias analizan, ahora, los pasos a seguir y mantienen todas las vías abiertas. Quieren esclarecer qué pasó aquella tarde del 15 de agosto para pedir responsabilidades. «Esto no puede ser en balde», dicen e insisten en que nadie hizo nada para reparar el terreno después del incendio del año anterior y en que la desgracia se podría haber prevenido.
Un plástico negro cubre la entrada de la bodega que quedó sepultada por la avalancha de agua, barro y piedras. El lodo ya ha sido retirado, pero quedan las cicatrices. Una marca de humedad recuerda hasta donde llegó el fango que enterró a varias personas y escaleras arriba, hasta el primer piso, se puede seguir el rastro del drama. El hijo de una de las fallecidas lo vio venir desde fuera, pero cuando quiso darse cuenta de la envergadura de aquello y voceó para advertir a su familia, ya no hubo tiempo. En la bodega estaban sus padres, su mujer y sus dos hijos de cuatro meses y cuatro años. También la amiga de la familia cuyo cuerpo sin vida fue encontrado junto al cementerio y el marido de esta, que fue arrastrado y resultó herido.
Daños materiales dentro de la bodega de la vivienda de Manzanedo.
Murieron dos, pero pudieron haber muerto todos. Por eso, los afectados se debaten entre el dolor y el alivio, en un sentimiento difícil de explicar, el de perder a un ser querido y volver a nacer al mismo tiempo. Regresar al lugar en el que cambió sus vidas no es fácil y lo han hecho para contar su historia a Diario de León. No vivían allí. Hace tiempo que la familia acondicionó esta y otra casa contigua como alojamiento de turismo rural. Tampoco acostumbraban a ir todos los 15 de agosto, que es el día de la fiesta; pero este año decidieron quedar a comer y estaban a punto de marcharse cuando reventó la tormenta.
«Se escuchó un ruido en la montaña. Un ruido como que se había roto algo», relatan. «Si se hubiera hecho algún tipo de contención e hidrosiembras o se hubiesen puesto alpacas en los puntos críticos, algo; igual nos hubiera dado tiempo a salir», consideran. Porque el agua bajó como un torrente cargado de piedras que tampoco siguió el curso natural de la reguera que —explican— ha sido modificado en pleno casco urbano. Entre todo lo que se mezcló aquella fatídica tarde, también hubo mucha mala suerte.
Interior de la bodega en la que irrumpió la riada acabando con la vida de dos mujeres.
En la planta de arriba de la vivienda, todo sigue igual. El suelo está tapizado de barro endurecido y el vestido de una de las mujeres heridas se retuerce entre él. Deducir que es una prenda de vestir es imposible de no ser porque lo aclaran quienes vivieron aquello en primera persona. En las paredes, en las puertas, en las toallas, en el lavabo, en la ducha. Hay huellas del pánico por todas partes. Allí fueron subiendo quienes lograron salir con vida del fangal en el que, en cuestión de segundos, se convirtió la bodega. Justo antes de buscar ayuda en casa de una vecina. «Teníamos que bañar a los niños con agua caliente, porque ya presentaban síntomas de hipotermia», narran. «¿Quién se iba a imaginar que esto podía pasar aquí», insisten durante el relato y vuelven a mirar hacia aquella montaña que empieza a verse entre la niebla de otro día lluvioso en Manzanedo de Valdueza. Quemada.
«Tiene que haber justicia. Es una catástrofe de magnitud incalculable, porque una vida no tiene precio. No puede ser que hace un año se hubiera desalojado el pueblo por el incendio y hasta la fecha haya habido un abandono total, cuando estamos hablando de un núcleo de población en el que vive gente todo el año», defienden quienes perdieron dos vidas en la riada y, de momento, solo han escuchado el vacío ante la persistente pregunta de qué es lo que pasó. «Silencio y el muerto al hoyo», critican.
Las huellas del lodo en las paredes de la parte superior de la vivienda.
«Si eso no hubiese ardido, no pasaba nada. El terreno habría sostenido todo por ahí arriba, entre los castaños, y no hubiese llegado al pueblo. Pero toda esa fuerza, esa pendiente, la velocidad que cogió con piedras, morrillos, árboles». La cabeza de las víctimas que sobrevivieron al asedio de la riada «intenta encajar todo» para poder «estar tranquilos»; «pero llega un punto en el que ya no puedes encajar» —dicen— y se pierde entre hipótesis de lo que podría haber sido. «Y si no hubiéramos venido a comer, y si hubiéramos estado en la otra casa no nos habría pasado nada, y si no hubiéramos podido sacar a los niños». Son preguntas sin respuesta.
A los vecinos les cuesta trabajo sostener la mirada sin emocionarse cuando se cruzan con las víctimas y siguen sin saber explicar qué fue aquello. «Yo nací en esta casa y nunca, nunca, vi algo igual», dice una de ellas mientras señala su vivienda, justo enfrente de la bodega donde sucedió todo y en el mismo camino que tomó la riada. Y llora. «Si vuelve a caer otra tromba y vuelve a pasar algo así, en vez de cinco metros abre diez y se lleva cuatro casas más, porque estamos en una cuna y baja todo eso hacia aquí», consideran los afectados.
El vestido de una de las mujeres heridas se retuerce entre el barro seco en el primer piso de la casa.
«No volveremos más», dice la familia de la mujer que perdió la vida en la puerta de la bodega, aunque en el desconcierto de un embiste que duró varios minutos, su marido llegó a buscarla en lo más hondo del pueblo. Él fue quien la sacó, aunque estaba medio enterrado en el fango, y ayudó también a salir al resto de la familia, con el apoyo de los brazos de su hijo mayor que, a duras penas, se sostenía de pie junto al acceso a la planta superior. Fue la barandilla de madera de la escalera la que hizo de retén para poner a salvo a su mujer, a la que casi arrastra la fuerza del agua una vez que logró salir del agujero. «Se vio morir», aseguran.
«Creo que tuvimos más buena suerte que mala», dicen pese todo, mientras repasan aquel «momento de pánico» en el que «no sabes qué pasa». «¡Pero cuándo para esto!», gritaba la mente cuando no sabían «si iba a bajar todavía más». «Ninguna persona se merece morir de esta manera», se lamentan. Y hablan ellos dando voz también la otra familia rota, que reside fuera del Bierzo. Las dos fallecidas eran primas y compartieron la tarde en la vivienda de la primera porque era la fiesta del pueblo.
En el baño también ha quedado el rastro de la tragedia.
Quince días después de la tragedia, la herida sigue sangrando en Manzanedo de Valdueza, aunque la calle esté limpia. Y allí arriba, en la Batuda, el surco que abrió la riada tras una tormenta muy fuerte es más visible que nunca, hasta meterse en el pueblo, donde la reguera embravecida aquella fatídica tarde, hoy no es más que un hilo de agua mansa que baja sin apenas hacer ruido.