Diario de León

La eterna voluntaria que consagró su vida a la caridad y busca manos en Ponferrada

Marisa García se inició en la ardua labor de la solidaridad hace más de 30 años y nunca ha dejado de regalarle esfuerzos a los más vulnerables, principalmente desde Manos Unidas; pero "las fuerzas fallan" y no encuentra relevo

La representante de Manos Unidas en Ponferrada, María Luisa García.

La representante de Manos Unidas en Ponferrada, María Luisa García.Ana f. barredo

María Carro
Ponferrada

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María Luisa García cuenta los años en buenas obras y ya roza los ochenta. El suyo es uno de los rostros de la solidaridad en Ponferrada, el de una mujer consagrada a la ayuda a los demás que se mantiene al frente de Manos Unidas en la capital berciana y sigue colaborando con Cáritas. No encuentra relevo en su labor y se resiste a dejar caer lo que ella y otros voluntarios tejieron durante años, cuando el voluntariado —dice— era otra cosa. Si echa la vista atrás, se encuentra a sí misma «en paz», satisfecha por haber sabido asumir como propios los desvelos de otros y convencida de que ha recibido mucho más de lo que dio y sigue dando.

Marisa —como todos la conocen en la parroquia de San Pedro a la que siempre ha estado ligada su actividad— empezó a colaborar con Cáritas hace más de 30 años, de la mano de otra abanderada de la ayuda a los colectivos más vulnerables, Virtudes Fontal. Acababa de dejar su trabajo en una asesoría y decidió encomendar su tiempo libre a la caridad. También ha sido voluntaria en Proyecto Hombre y en el Hogar del Transeúnte de Ponferrada o en una residencia de ancianos de Cruz Blanca en Villafranca del Bierzo; sin restar valor al acompañamiento personal, portal a portal, casa por casa para llegar a quienes necesitaban su ayuda en unos años en los que el engranaje social de la capital berciana funcionaba únicamente con voluntarios, mucha menos burocracia y más hermandad.

«Antes, la forma de ayudar era distinta. Ahora, está todo tan burocratizado, tan estructurado, que se complica lo más sencillo. Antes, había más cercanía, más proxidad, era todo más familiar. Ahora, es muy difícil hasta que te abran la puerta cuando acudes ofreciendo ayuda, hay mucha desconfianza y menos compromiso social», dice Marisa García, que considera que, en algunos aspectos, «el progreso nos ha hecho olvidar los problemas reales que hay». Los hubo y los sigue habiendo. Los mismos, pero atendidos de diferente manera. Aún recuerda cuando iba a diario a casa de una mujer mayor con diabetes que vivía sola para preparle las pastillas y llevar un control. O cuando acompañaba a alguno de los internos de Proyecto Hombre a una cita médica o en el juzgado. Y no puede olvidar a aquella niña de una familia desestructurada que se agarró a sus piernas sin querer soltarse cuando la vio por primera vez en la Escuela Hogar de Villafranca.

Un problema oftalmológico ha obligado a Marisa García a acelerar el paso de marcha, sabe que «ha llegado el momento de dejarlo», porque ni las capacidades ni las ganas son las mismas con las que empezó. «Ya no me siento con fuerzas para hacer muchas cosas, pero tengo miedo de que desaparezca en grupo de Manos Unidas en Ponferrada». Ella es la representante y hay otras siete voluntarias más; pero todas son mayores —explica- y no hay quien quiera ocupar su lugar. «Estoy aguantando y buscando a alguien que se haga cargo. Mientras tenga sentido común, ayudaré. Yo quiero que el proyecto siga adelante, pero las fuerzas fallan», relata una mujer agradecida porque siente el agradecimiento de otros.

«Nunca esperé nada cambio», asegura Marisa; aunque, en este tiempo, siempre haya habido quien hubiera querido devolverle el favor. Una estampita de la virgen del pueblo de la mujer que se la regaló y una poesía que le hicieron los niños a los que dio catequésis para la confirmación han sido los máximos regalos que ella afirma haber aceptado. Una conciencia tranquila es su mayor premio. «El balance de estos años es buenísimo. Tengo mucha paz, estoy contenta de lo que estoy haciendo y he hecho, porque siempre he sido más feliz ayudando que tomándome un café en grupo», resume, con 30 años de viajes en su propio coche a la espalda, de noches de guardia, de horas de cocina, de sesiones de escucha, de manos tendidas, de doblar prendas en el ropero de Cáritas, de hacer bocadillos solidarios, de buscar donativos en especie en tiendas, supermercados y empresas que han tejido una red de apoyo entorno a su figura. Una mujer que solo aspira a que ese trabajo callado no caiga en un silencio perpetuo.

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