Diario de León

MOLÍN AMPUERO Manuel Cuenya

Leyendo se espabila

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León

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El escritor y académico Luis Mateo Díez asegura que para hacer que los niños lean sólo hay un camino: el camino de la lectura. Claro está. A leer se llega leyendo. No hay otro camino. Ni siquiera un triste atajo, una vereda suave y descansada por la que transiten las ovejas y los pastores en días en los que aprieta la calor y los ruiseñores cantan su himno de la alegría bajo las ramas floridas de la primavera. En estos tiempos vertiginosos, en los que el personal trabaja mil horas diarias, y hasta los niños se empachan a base de abundantes raciones diarias de inglés, de mates, que el rapaz no lleva bien la logística, luego necesita horas extra, y a veces de flauta travesera, o gaita gallega, según gustos, que el chavalín aspira a tocar sus campanas al vuelo en fiestas de disco, nadie encuentra un espacio-minutero para abrir un libro y echarle el diente al primer párrafo. Nada más darle un vistazo a las páginas, uno ya se marea. Es el mareo que le provoca al no lector esa cantidad de páginas. Entraña cierto sacrificio ponerse manos al libro, dedicarle al menos un par de horitas, e intentar digerir lo que en el libro aparece escrito. Es mucho esfuerzo, claro que sí. Y más para un niño de recién hornada, que ha crecido azorrado a la televisión y a la "playstation", a los videojuegos y a la consola, habituado a que se lo den todo comido y servido en pantalla de plata. Para qué güevos va a esforzarse el neno en introducirse en el mundo de las letras. Letras que, por lo demás, no le llevarán a ninguna parte en este mundo de analfabestias y zarabetos, que se ganan el pan y la coca con el sudor de sus sexos y los jetas humedecidas de tanto darle al cachondeo televisivo. Resulta harto difícil atreverse a bucear en el proceloso mar de las letras, donde las mareas sueltan tinta china y los calamares se enroscan a tu cuerpo. Sólo leyendo se espabila el entendimiento y se orea el alma, mas en nuestra época materialista y grosera a nadie le interesa orear el alma y mucho menos espabilar las entendederas. El sistema, nuestro sistema castrador y perverso, es el primero que no está por la labor. No interesa que la masa esté despierta. Es mejor que permanezca aletargada, entontecida. Con que haya dos o tres espabilaos, aunque en su vida no hayan leído un libro con fundamento, es suficiente. Los niños no leen porque sus papás no leen, salvo la prensa diaria y alguna revistilla del corazón, y sus maestros tampoco suelen leer. Vaya aberración. Ya nadie lee en este mundo de iletrados en el que la cultura se vuelve ponzoña. Se curra tanto -quien curra-, y se farandulea incluso más (demasiadas horas de tele y de copas), que no nos queda tiempo para leer.

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