Diario de León

POLÉMICA POR LA CACERÍA DE VACAS SILVESTRES

Un cementerio de safari vacuno

Son escenas que le revuelven el estómago al tipo más curtido. Decenas de vacas y terneros, abatidos a tiros en las dos cacerías permitidas por la Junta, se pudrían ayer en los arroyos próximos a Llamas

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ODOLLO/LLAMAS. Manuel Félix
León

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Una ligera niebla coronaba ayer por la vertiente de Llamas de Cabrera los montes bercianos situados entre la Guiana (1.850 metros) y la Silla de la Yegua (2.135). Allí arriba, en la penumbra, se intuye que están el resto de las vacas, toros y terneros asilvestrados a los que el pasado fin se semana no pudieron dar muerte los cazadores. Se intuye, porque, lo que es cerca de la carretera y de los pueblos, no se ve ni una. Y ya, hasta bien entrada la tarde, no se deja ver el primer rebaño de las polémicas reses salvajes. Antes de dar con el ganado es obligada una parada en Pombriego. Allí, Román García, un vasco casado con la farmacéutica del pueblo, no duda en calificar de «barbaridad» la cacería y lanza la pregunta de quién retirará del monte esos animales. Antes de llegar al pueblo de Llamas de Cabrera aparece un camionero que lleva palés de pizarra en dirección a Puente de Domingo Flórez. Se detiene y directamente recibe la pregunta sobre el tema: «Esto no es una cacería, esto es un crimen; y había que hacerle a los cazadores lo que hacen a esas pobres vacas», barrunta, sin querer dar su nombre y antes avisar de que hay una manada de ellas vivas no muy lejos de la ermita de la Virgen del Valle, en donde, por cierto, alguien pintó la efigie nazi sobre una enorme cruz cristiana de pizarra. Las vacas se ven, pero a lo lejos, y tras recorrer la zona, los periodistas se topan con Vicente Gómez, un hombre que maneja una retroexcavadora. Dice que está abriendo un camino por el monte, para que un tractor pueda entrar con un cable a retirar las reses muertas, para incinerarlas. Balas en la panza Los reporteros toman el arroyo arriba, como cabras cansinas mal entrenadas, y a medio kilómetro de ladera aparece la primera ternera muerta entre las zarzas. Tiene cuatro tiros de bala, uno de ellos en la panza y otros a lo largo del lomo. A poco que uno se mueva aparecen más. Una de ellas, de piel blanca, está inflada con las ubres mirando al sol, y a sus pies, un ternero marrón oscuro con la cabeza y los cuernos clavados en el arroyo. La escena repugna y el olor fétido comienza a hacerse insoportable con el sol. Aguas arriba del arroyo, más de lo mismo. En el pueblo de Odollo afirman que han llovido las denuncias de ganaderos de la zona para hacerse ellos solos con los pastos, y dicen que no es cierto que las vacas asilvestradas les den miedo. También sostienen que los dueños del ganado abandonado, que heredaron de un pariente fallecido, han intentado sin éxito sanear la ganadería, pero han tomado con los trámites administrativos y la dificultad de capturar a los animales. En el pueblo de Llamas de Cabrera, Olimpia Prada, de 60 años, no se anda con rodeos sobre su parecer por la cacería vacuna: «Primero fueron las vacas locas, y ahora la gente se ha vuelto loca disparando a esos animales; tuvimos que dejar de trabajar los huertos porque esas vacas no nos dejaban nada, pero, la verdad, está bastante mal matarlas a tiros, y da pena verlas». El safari vacuno, al que ahora la Junta puso fin, es la comidilla de los pueblos. En el bar, un grupo de topógrafos que trabajan en el lugar comentan también la jugada y, de forma distendida, apuntan una solución para evitar estos cementerios de vacas: contratar a moteros que arreen las reses por el monte y llevarlas a un cercado.

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