MOLÍN AMPUERO Manuel Cuenya
Banqueros abusados
Por favor, señor, me puede dar el dinero que tengo en esta cartilla, le dices al banquero de turno, ese que te atiende con frialdad, luego de haberte lanzado una mirada hecha con la grisalla de la suspicacia. Hay miradas que matan, y otras que parecen construidas con el hormigón de lo monstruoso. Es algo así como la fealdad de las cosas mal ataviadas. El señor banquero, que está detrás del mostrador, te mira con cierto melindre, esa es la verdad, y también con jeta de mala follá, que diría un sureño de la provincia almeriense. El banquero, asqueado tal vez a resultas del curro que realiza, te pregunta: «¿quiere cancelar la cuenta?». Sí, supongo. Bueno, lo que quiero es que me dé el dinero que hay en la cuenta. Nomás. Ese poco dinero que un día metí en esta cuenta para pagar no sé qué facturas de gas. Un rollo incomprensible, o sea. Entonces el tipo me cancela la cuenta, y cuando me da un papelajo para que lo firme, veo que me está limpiando, así por el puto morro, unos tres euros... y algunos céntimos. No recuerdo ahora la cantidad exacta. Lo que sí recuerdo es la cara de mala hostia que debió de ponérseme al ver el papel que me entregara el banquero. ¿Qué es esto de descontarme dinero, a cuento de qué...? Me lo explica. Uno acaba hasta las pelotas de pimpollos que pretenden dártela con queso. El señor banquero, sin cortarse un pelo de tonto, va y me dice que por cancelar la cuenta se descuentan estos euros. Miserables euros que acaban volviendo miserables a todos aquellos banqueros que se enfangan en la mierda dineraria de cada uno de los clientes que en cada banco mamao hay. Pues no me cancele la cuenta, señor mío, y déjela estar, le respondes, encabronado ya, después del enfrentamiento. Deme el dinero y no cancele nada. «La puedo dejar a cero», me larga el tipo, como si nada hubiera ocurrido. Pues déjela como quiera. Pero luego no me venga con que la cuenta está al descubierto y tengo que pagar no sé qué intereses negativos, que ustedes se inventan y se sacan del forro de los huevos con el noble objetivo de trincarse a los pardillos que depositan su confianza en el banco de los excesos. Déje la cuenta a cero o en números rojos, infrarrojos, ultravioleta, lo que le salga de los cataplines, pero no se olvide de darme la guita que está en la cuenta. Hasta el último céntimo. Y la próxima vez, avíseme de qué significa cancelar o no cancelar, que uno no maneja como ustedes, versados seres en contabilidades surrealistas, la jerga bancaria, ni siquiera el jergón de las penurias pecuniarias. No intente quedarse conmigo, y sobre todo, con mi parné, que la lana no le baja a uno del cielo ni nos la regalan en la esquina de al lado.