Diario de León

MOLÍN AMPUERO Manuel Cuenya

Trenes fantasma

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León

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El Bierzo es un lugar en el que ocurren cosas ciertamente fantasmagóricas. Lo fantasmagórico nos sienta bien, incluso como máscara de carnaval en tiempos de Cuaresma. En el Bierzo tenemos la impresión de que ni siquiera nos ocurren cosas. Todo, o casi todo, se resuelve por las vías espectrales de la inopia. No hay trenes a los que podamos subirnos para darnos un paseíto por las faldas de nuestras hermosas sierras. Y por supuesto las comunicaciones treneras en nuestra comarca, que algún día aspirará definitivamente a transformarse en una Suiza española, son raquíticas, inexistentes casi. Cuántos siglos tendrán que pasar antes de alcanzar las cumbres de un bienestar trenero, amén de otros bienestares. Mientras tanto seguimos en las cumbres borrascosas de la desidia y la desfachatez, el engaño y el hijoputismo, redoblados, eso sí, a la enésima potencia. No sabemos en verdad si éstos últimos podrían ser redoblados a la enésima potencia. Suponemos que sí. Quede constancia, no obstante. Ahora comienza a hablarse del TAV, ese ultrarrápido que viajará de la capital del reino a la capital berciana en dos horas y cuarto. ¿Llegaremos a ver en marcha algún día este TGV español? ¿Llegará a su destino con puntualidad hispana? Tal vez sean las meigas quienes, disfrazadas de politicastros incompetentes, nos obsequien lo que nos merecemos. Uno casi siempre se merece más de lo que le dan. Por mucho que intenten vendernos la moto. Pero la realidad, esta realidad hecha de insuficiencias y estrechez mental, no da para más. El Bierzo, en manos de judíos, que son unos seres que laboran mucho y saben invertir en negocios, podría convertirse en un auténtico vergel, un oasis en medio de este páramo en el que se nos mueren hasta los gatos de puro tristes y desamparados. Ni gatas quedan a las que cortejar. Lamentable panorama el que lucimos por montera. Decía que en el Bierzo seguimos levitando. Mas no es la nuestra una situación novedosa. Que ahora hayan echado por tierra el tren turístico de Ponferrada a Villablino no es algo que nos sorprenda. Habituados estamos a que nos fustiguen con el látigo de las promesas. Que este tren no se ponga en marcha forma parte del politiqueo de farándula que nos enfanga. A uno le gustaría poder subirse a ese trenecito como quien agarra un avión en busca de horizontes color rosa, como cuando el personal se largaba al nuevo mundo a labrarse un porvenir. Este tren ansiado podría dar mucha vidilla a todos esos pueblos que algún día fueran minas nutricias, y hoy ya sólo son fantasmas de un pasado quizá esplendoroso, aunque fuera a costa de dejarse los pulmones en las cavernas de la silicosis y la muerte.

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