Diario de León
Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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IRÉ A PONFERRADA por las fiestas y volveré a cumplir con una pequeña rutina que me acompaña cada vez que voy al Bierzo. Salgo a la calle, me encamino a la plaza de Fernando Miranda, y entro en el bar Veracruz, del que soy cliente desde los remotos tiempos en que yo era un jovencito de la extrema izquierda cristiana, mundo del que me aparté hace años para acabar siendo un agnóstico pacífico, entre liberal y socialdemócrata. En el bar Veracruz tomo café con leche y churros, que a veces no quedan porque me he levantado tarde. En ese caso, Maruja me ofrece "croissants". Miro luego la casa donde viví tantos años y suelo evocar a los vecinos mayores que tuve. Casi todos desaparecidos y la mayoría desde hace largos años. Voy piso a piso en la memoria y empiezo por don Antonio, en el quinto, aquel hombre elegante y zaragozano, con sombrero siempre, represaliado político, delegado de una empresa de azúcares y alcoholes. Fue el primer ponferradino que tuvo televisor. Luego paso al quinto izquierda, pero allí ya me pierdo porque esa era la única vivienda que cambiaba de vecinos. Con todo, prevalece una mujer, Elisa, rodeada de hijas que viajaban mucho. En el cuarto izquierda nosotros, y en el derecha un hombre dinámico, muerto muy prematuramente, Plácido Barrios, que subía las escaleras de tres en tres. Plácido tenía mucho de pelirrojo británico. En el tercero un don Paco Fernández que murió cuando yo era niño. Un don Paco que para mí solo fue una sombra. Y su esposa, doña Dominga Tahoces, otra mujer de aspecto irlandés, suegra de Plácido. Vivió muchos años doña Dominga, dama distinguida y muy católica. Y su hermano, otro don Paco, murió mucho antes que ella, y era dueño de una serrería. Este don Paco tenía pose de mando y el pelo rubio. En el segundo, dos vecinos misteriosos. Uno se apellidaba Rodríguez, era comerciante creo, siempre con su traje gris, con su seriedad mercantil y su pelo admirable. Frente a Rodríguez vivía un veterinario famoso en la ciudad, entonces: Luis Bernardo. Luego se fue a Madrid, cuando se jubiló. Tanto a la mujer de Rodríguez como a la del veterinario las vi poco. Son las únicas a las que no soy capaz de ponerles un rostro. En el primer piso estaba el hotel Comercio, que regentaba una mujer flaca llamada Marisa, y que vivía con una anciana intemporal, tía suya, la señora Ignacia. El hotel desapareció hacia 1975, y luego pusieron academias y peluquerías. Y luego me voy a caminar por el resto de la ciudad.

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